Los cuatro fantásticos

24 March, 2009

Idénticos al título del presente post, así han sido los cuatro años que hoy cumple La orgía perpetua. Situarme a este lado del espejo a lo largo del tiempo mencionado me ha permitido aprender, reír, llorar, soñar, amar, perdonar, olvidar, compartir y, lo más interesante, contemplar escenas memorables que luego intento mostraros pasadas por mi particular tamiz.
Mi más reciente visión desde esta orilla ha sido la de una pareja de antílopes subidos a un cuadrilátero verde, dos mamíferos majestuosos sosteniéndose sobre sus patas traseras (las delanteras enfundadas en unos guantes de boxeo). En cada asalto, un nuevo abrazo más estrecho, más verdadero, más sentido, un tratar de noquear al contrincante a base de afecto. Y como público, vosotros, desnudos, acalorados, gritando el nombre de vuestro púgil favorito entre besos y caricias recibidos del resto de orgiastas. Y de fondo, una canción revelando la mayor necesidad del ser humano. Y yo, medio vestida para la ocasión de reina de la baraja.

Ellos

26 January, 2009

Todos me piden que te olvide, así, con la facilidad con la que se le solicita a un niño que ignore a los monstruos que lo acechan cada noche desde el fondo del armario. Me cuentan que no vales la pena, ellos, que no te conocen, que no llevan estampada en las yemas de sus dedos la urdimbre inflamable de tu piel, para quienes nunca has sido el arco iris de sus charcos, para quienes jamás serás el silencio turbador en medio de la muchedumbre, la llaga supurante de sus sexos, ellos, que no han tanteado bajo la almohada una mañana cualquiera en busca de tu sonrisa con idéntica ilusión a la empleada en encontrar ese primer regalo que deja el ratoncito Pérez, para quienes no te llegarás a convertir en la sombra del futuro que espía agazapado en el umbral de sus temores, ellos, que nunca han querido como yo te quiero: en versión original, sin doblaje, sin subtítulos, con turbación de director novel la noche del estreno.

Cadáveres bajo la alfombra

10 December, 2008

Es viernes por la tarde. Estamos tumbados en mi sofá, yo encima de Marcos. Cuando no tiene que viajar por motivos de trabajo, viene a verme casi a diario. En las últimas semanas, de hombre de las estrellas ha pasado a mago: un chas seco y sonoro y se materializa ante mi puerta tras evaporarse de la reunión de turno.
Me cuesta acostumbrarme a ese latido frenético que marca el ritmo de su vida: almuerzos de negocios en cualquier parte del mundo, correos apresurados escritos en un puente aéreo, una blackberry de última generación con llamadas entrantes cada cinco minutos… Érase un hombre a su portátil pegado. Aborrezco esta sensación de que un ente invisible nos tarifica cada segundo que pasamos juntos, este tener que besarse con prisa y reírse con prisa y contarse las cosas con prisa porque en algún momento mi Romeo intergaláctico tendrá que salir corriendo.
Desde que nos conocemos, éste es el primer fin de semana que Marcos permanecerá en Madrid. Cuando le pregunto qué vamos a hacer esta noche, mañana, el domingo, noto cómo mis palabras ejercen sobre su respiración el efecto de una afilada guillotina. Se semiincorpora. Me incorporo. Después de un rato en silencio, me dice que tiene trabajo, entonces, el filamento de la bombilla de la evidencia se pone incandescente y alumbra el centro de mi sexto sentido aletargado.

―¿Escondes un cadáver debajo de la alfombra, Marcos? Mírame a la cara. ¿Qué ocultas? No estarás casado… ¡Madre mía!, es eso. ¿Cómo he podido ser tan gilipollas? ¿Me quieres responder? Estoy hablando contigo. ¿No vas a contestarme?
―Sí, bueno, estoy con alguien.
―¿Cómo que estás con alguien? ¿Vives con alguien o sólo quedáis para follar una vez a la semana?
―Llevo cinco años casado. Pensaba contártelo.
―¿Pensabas contármelo? ¿Cuándo? ¿Cuando te presentara a mis padres? ¡Joder, no puedo creérmelo! ¡Es que no puedo creérmelo! Pero ¿por qué me haces esto?
―Ella, yo…
―Y ¿dónde tienes la alianza? ¿Te la guardaste en el bolsillo antes de acercarte a tocarme la espalda la otra tarde? ¿Te la pones antes de entrar a tu casita y te la quitas de camino a este puto apartamento?
―No llevo alianza desde hace tiempo. Adelgacé un montón. Se me caía.
―Por favor, ahora no pares. Déjame k.o. con tus revelaciones. Venga, no te cortes, dime que también eres papá.
―Ella…
―¡Quita! No me toques.
―Sí, soy padre de dos niñas gemelas.
―Dos mejor que una, claro. ¿Cuántos años tienen?
―Ella…
―¿Cuántos años tienen?
―Tres meses.
―Esto debe de ser una jodida pesadilla.
―Yo… Es la primera vez que hago algo así.
―Sí, ya me imagino. Mejor no sigas gastando saliva.
―Déjame explicarte…
―Vete ahora mismo, Marcos. Ya está todo explicado.
―Ella…, yo te quiero.
―Haz el favor de salir de mi casa, Marcos.

Nada más perder de vista a Starman, mi mano izquierda abarca mi nuca: arde, palpita, llora. Sabe que nadie la volverá a obsequiar con ese gesto único que le dedicara El príncipe del cosmos, ese impulso salvador que nunca le regaló un terrícola.

Convexidad salada

17 November, 2008

Chica bajo el agua con un traje de fiesta

Las lágrimas son convexas
y buscan una piel cóncava
sobre la que derramarse.

El trance del derrumbe

3 November, 2008

Lo hiciste desde el primer día, desde la primera noche de una cena desastrosa. Daba igual si estábamos en el sofá y yo te tomaba de la mano para llevarte al dormitorio, si tú me cogías en brazos en dirección al mismo destino, si íbamos dejando un reguero de ropa a nuestro paso o si, por el contrario, acudíamos vestidos de ansiedad y vértigo a los pies de la colina de mi cama. Fuera como fuese, siempre terminábamos situados frente a frente, contemplándonos inmóviles: dos montañeros dispuestos a coronar el Everest de los amantes sin cuerdas ni arneses ni clavos. Supongo que a los escaladores, en un momento así, les palpita alguna parte de su ser con una fuerza idéntica a la que a mí me dispara el latido del deseo en las sienes.
Hoy vuelves a hacerlo. Antes de que pueda darme cuenta, me arrojas sobre el colchón con la suavidad con que unos labios frescos regalan a una pluma la vida en un soplido. Y llega el instante clave: tus manos entrelazadas se enredan en mi nuca para sostenerme el mundo. Aferrado a mi cuello, en tu clara voluntad de no abandonarme en el trance del derrumbe, te precipitas conmigo decidido a aplacar el impacto y saltar al vacío de mis ojos, de mi boca, de mi sexo, y yo no aguanto más, y me derramo entre tus dedos como el tiempo de un reloj de arena roto que se esparce, derrotado, sobre la superficie de un gemido.

Chusma imberbe

23 October, 2008

Trío"

De un tiempo a esta parte todo el mundo es más joven que yo: uno, dos, seis, nueve años. El número da lo mismo.
Sois todos tan jóvenes, tan insultantemente jóvenes, que podría afirmar que os odio.
¡Idos, idos de mi lado! No quiero saber nada de vosotros. ¡Maldita chusma imberbe! ¡Púberes de salón!

Esa certeza tozuda e inmortal

12 October, 2008

Aquel primer mensaje de Starman dio paso a una relación epistolar vertiginosa. En esos primeros días, cualquier San Bernardo avezado podría haber descubierto nuestros cuerpos exánimes bajo una avalancha de correos. Conforme iba enviando y recibiendo misivas electrónicas, me percataba de que entre nosotros no existían vastos lugares comunes. Ese detalle, que en otra época habría considerado intolerable, ahora me parecía una trivialidad. Por ejemplo, su mundo giraba en torno al sol de las ciencias y el mío al de las letras, ¿y qué? A lo mejor era el momento de militar en las filas del Oulipo y alegrarse por tener tan cerca a alguien capaz de suministrarle algoritmos matemáticos a mi escritura. ¿Qué importaba que no hubiera visto El apartamento o que no conociese el tema de David Bowie que ahora le daba nombre? En contrapartida, al enlace que le mandé a la escena del monólogo de Roy Batty en Blade Runner, me remitió la secuencia final de 2001: Una odisea en el espacio, lo que me obligó a regresar a míster Bowie, claro. Cuando me confesó que la tarde de la conferencia le había resultado complicadísimo aguantarme todo el tiempo la mirada, le agradecí su revelación con un poema de Ángel González que él correspondió hablándome del oro que tapiza el universo, generado en el propio corazón de las estrellas a través de reacciones nucleares.
El Príncipe del cosmos me había colocado bajo las cataratas del Niágara sin haberme concedido el tiempo necesario para enfundarme en un impermeable, y yo me dejé empapar, gustosa, por sus aguas torrenciales. ¿Cómo actuar de otra manera? Cada nuevo obsequio suyo en la bandeja de entrada me retrotraía al patio del instituto, a risas etílicas lejanas y labios inexpertos, al vértigo inconfundible de las primeras veces, a esa certeza tozuda e inmortal de que todavía es posible, de que jamás dejó de serlo.
Como nuestra correspondencia no contenía grandes revelaciones, el dato más mundano sobre el otro pasaba a convertirse, automáticamente, en un acontecimiento merecedor de un titular en nuestro rotativo interno: Marcos afirma que el puente de Brooklyn siempre le pertenecerá, Ella aborrece el agua con gas y el pescado crudo, Marcos tiene una marca de nacimiento con forma de nube en el omoplato derecho, No existe antídoto posible contra las cosquillas de Ella…
En medio de ese aluvión de mensajes robados a la tranquilidad y el sueño, escritos a cientos de kilómetros de distancia, Marcos me comunicó su deseo irrefrenable de verme en cuanto finalizase el viaje de negocios que lo mantenía alejado de Madrid, a lo que le respondí que no pensaba quedar con un hombre que, en tres días, no había sentido la necesidad de oír mi voz. Al instante, vibró-sonó mi móvil y, tras cuarenta y siete minutos de conversación, colgué con una cena en mi agenda para la noche siguiente.

Nada como la victoria

1 October, 2008

Tras una batalla campal de miradas, guiños, roces, de oídos azotados por ese ulular que, irremediablemente, acarrea la ventisca del anhelo, después de una refriega de salivas pegajosas en pleno tiroteo de besos y caricias, nada como la victoria de una mano ansiosa sobre el pantalón ajeno dispuesta a confirmar otra rendición sin condiciones, ávida por escuchar una nueva súplica a favor del armisticio.

Digna pupila

22 September, 2008

A pesar de que me moría por hacerlo, decidí no escribir a Starman de inmediato. Una vez en casa, la misma noche de la conferencia, me propuse dejar pasar un tiempo mínimo antes de dar señales de vida: uno, dos, tres días… Una semana sería lo ideal, aunque dudaba que la goma de mi fuerza de voluntad se dejara estirar tanto. Sin darse cuenta, El príncipe del cosmos había cavado su propia tumba aquella noche: al convertirme en el centro de todas sus atenciones, me había hecho sentir única, lo cual me otorgaba un poder absoluto del que no tenía intención alguna de abdicar. Mientras hablábamos, la fiera que habita en mí y que no duerme jamás aguzó bien el oído para escuchar el tam tam africano que atronaba dentro del pecho ajeno. Aquel XY no actuaba como un burdo adulador de milonga. De sus labios no se escapó un solo halago facilón, y eso me agradó sobremanera.
Ahora, para mi sorpresa, de la noche a la mañana me había transformado en una digna pupila de mi mentora de Merteuil. Al fin había reunido la fuerza necesaria para poner en práctica sus sabias enseñanzas. Me sabía preparada para comportarme como un hombre, para regalar a cualquiera de los de su género mi más absoluta indiferencia: sí, Marcos, nos hemos conocido, lo hemos pasado bien charlando, nos hemos hecho reír recíprocamente, pareces majo, eres atractivo, irradias luz, contagias vida, destilas alegría, desprendes seguridad ¿y qué? Tales menudencias no podían bastarle a mi interlocutor para conseguirme, al menos no con la facilidad pasmosa con que otros, antes que él, me atraparon en idénticas circunstancias. Si quería volver a verme el pelo tendría que postrarse a mis pies, bailarme un poco el agua con un zapato de cristal sobre un cojín de raso en una mano ―el mismo que debió robarme antes de marcharse aquella noche― y un ramo de detallazos en la otra. Quería presuponerlo un hombre de recursos, capaz de llegar hasta mí en caso de que optara por evaporarme. De lo contrario, no me interesaba.
Tardé veintidós horas en tener noticias suyas. En un breve mensaje, Starman me contaba que no era una persona paciente y que, ante el temor de que no le escribiese, le había pedido a su hermana mi dirección de correo. Para terminar, me decía que se lo había pasado en grande charlando conmigo, que le había parecido una mujer interesante como pocas, y que quería volver a verme.
Después de unos minutos hiperventilando, me puse a teclear la respuesta que abortaría el feliz desarrollo del juego recién inaugurado.

Esta ciudad y tú

14 September, 2008

Hoy me he levantado generosa conmigo misma, así que he decidido regalarme una tarde cultural apoteósica: exposición fotográfica, compra de libros y películas y café vienés en La Pecera del Círculo de Bellas Artes. La plaza de Callao es mi destino. Al salir a la calle, me decanto por el autobús. Hace un día estupendo, y no pienso meterme bajo tierra. Después de varias paradas soportando pisotones y codazos, consigo un asiento al final, pegada a la ventanilla. Cuando nos adentramos en Gran Vía, compruebo a través del cristal que mis ojos empiezan a segregar luminosidad. ¿De dónde saldrá tanta gente, tanto ímpetu, tanto fulgor? Soy una mocosa que presencia por primera vez la cabalgata de Reyes. En un acto reflejo, saco del bolso mi Moleskine: “Me gusta Madrid porque sé que, si me dejase, me devoraría en medio segundo”. Cierro la libreta y pienso que los hombres que me maravillan son idénticos a esta ciudad. Lejos de amedrentarme, esta convicción me reconforta.