Algún invasor de ultracuerpos

4 Marzo, 2008

En ocasiones la vida se te enreda al cuello como una pitón mortífera que repta hasta tu mente cargada de veneno. En los últimos tiempos me he desprendido de tanta energía que me siento como si, en medio de la noche, hubiera bajado la guardia y el sueño me hubiese arrojado a los brazos de algún invasor de ultracuerpos.
Aunque por ahora me resisto a demoler los cimientos de este castillo erigido con vocación de perpetuidad, necesito ser honesta conmigo y con vosotros. Siempre he tenido muy claro que jamás me dejaría caer por aquí a cualquier precio, con tontas excusas capaces de rellenar tiempo y espacio. Por eso, y porque sólo me gusta jugar cuando me encuentro en plena forma y las circunstancias me permiten rendir al cien por cien, creo que ha llegado el momento de detenerse a respirar profundamente.
Os encomiendo el cuidado de nuestra fortaleza. Espero que sigáis dejando vuestra huella, haciendo muescas en los corazones de viejos y nuevos orgiastas y, sobre todo, espero encontraros por aquí cuando regrese.
Un último favor, a modo de capricho: el 24 de marzo, cerrad los ojos, soplad tres velas en nombre de La orgía perpetua y pedid un deseo hermoso para su anfitriona.

(La imagen que ilustra el post se titula Beso de despedida a la Guerra y fue tomada por Victor Jorgensen en Times Square el 14 de agosto de 1945. Pues bien, a la vuelta de mi frente particular, os besaré con el apasionamiento que el soldado de la marina estadounidense dedica a la enfermera desconocida.)

¿Puedo tocar?

28 Febrero, 2008

¿Puedo tocar? –dijo él–
voy a gritar –dijo ella–
sólo una vez –dijo él–
oh, que delicia –dijo ella–

¿puedo tocar? –dijo él–
¿cuánto? –dijo ella–
mucho –dijo él–
¿por qué no? –dijo ella–

(vamos –dijo él–
no muy lejos –dijo ella–
¿dónde es lejos? –dijo él–
donde tú estás –dijo ella–)

puedo quedarme –dijo él–
(¿de qué modo?) –dijo ella–
así –dijo él–
si me besas –dijo ella–

(¿puedo moverme? –dijo él–
¿es amor? –dijo ella–)
si tú quieres –dijo él–
pero tú matas –dijo ella–

así es la vida –dijo él–
pero tu esposa –dijo ella–
ahora –dijo ella–
ay –dijo ella–

(tiptop –dijo él–
no te detengas –dijo ella–
oh, no –dijo él–
despacio –dijo ella–)

(¿te viniste? –dijo él–
¡ammm! –dijo ella–)
eres divina –dijo él–
(eres Mío –dijo ella–).

E.E. Cummings

El lector

11 Febrero, 2008

La mañana que Hugo salió de casa de Sol en dirección a Burgos, quise mentalizarme de que no volvería a verlo, e incluso de que tal vez eso fuese lo mejor que me podía pasar. Los buenos polvos accidentales no deberían crear expectativas. En cuanto te enrolles con alguien que te gusta más de lo conveniente, pega el portazo y búscate a otro candidato para jugar nuevas partidas en el tablero de la cama. No te compliques, no tientes a la suerte. Piernas abiertas, corazón cerrado, ésa es la única ley de supervivencia viable en esta jungla.
En medio de mis recelos, y contra todo pronóstico, Hugo reaparece a los dos días. Me manda un sms erótico-festivo cargado de deseo y yo le respondo que por quién me ha tomado. Por quién me ha tomado, le pregunto, haciéndome la ofendida, mientras en realidad me siento halagadísima y me muero por acariciarle el pelo, por susurrarle obscenidades, por alzar los brazos y caer rendida frente al pelotón de su ternura. Al instante, recibo otro mensaje contenedor de una disculpa. Me dice que se ha comportado como un estúpido, que anda resacoso, que tiene unas ganas locas de verme, que cada vez que cierra los ojos el DVD de su memoria reproduce los momentos vividos en la polvera, y así no hay quien concilie el sueño ni la calma, claro. Me cuenta que necesita hablar conmigo y tocarme y besarme y olerme y… No sigas, Hugo, anda, vente para acá.
Tras mi invitación, de nuevo el vértigo de las primeras veces, intentar ponerse guapa a toda mecha, mirar el reloj cada segundo y pensar que tarda demasiado, que quizá se haya arrepentido y no llegará a casa ni en media hora ni en diez años. Y luego abrir la puerta y tropezarse con esa sonrisa y sostenerle la mirada y recibir un abrazo desmedido y permanecer en volandas escuchando un mira que eres pequeña y enroscar las piernas alrededor de su cintura y besar y ser besada con la boca muy abierta, con los párpados sellados, y tomar conciencia de que no sería justo pedir un poco más, de que la serotonina es el componente principal de la saliva ajena.

Libro del estremecimiento

27 Enero, 2008

Él sabe leerme como nadie hasta ahora lo había hecho. En sus manos soy el libro del estremecimiento. Mi lector voraz me hojea mientras me acaricia el lomo, entrega un dedo a mi boca y, tras rescatarlo empapado, empieza a pasar mis páginas hasta dejarme abierta por el capítulo de la turbación.
Antes de continuar, venda mis ojos. De esa manera, desde la oscuridad que amplifica los sentidos, advierto cómo unos dientes me arrancan la cordura, una lengua me inflama el deseo, un cuerpo me apaga la sed. Tinta, papel, sudor, carne.
Finalizada la lectura, me suplica que done a su extensa biblioteca el ejemplar de la historia que acabo de contarle. Yo le aseguro que haré lo que me pide cuando tenga la certeza de que, a partir de mis palabras, no habrá más sherezades.

¿Adónde van los patos? III

21 Enero, 2008

Son las ocho y media de la mañana de un lunes. Después de echarme encima una bata horrenda color rosa chicle que Sol me ha prestado y de la que me sobran varias tallas, salgo de la polvera dispuesta a buscar gente por la casa. En la cocina me encuentro a Sebas, que está preparando café.

    –Buenos días, Sebis –mi amigo me da un beso y yo le engancho los brazos al cuello.
    –Buenos días, Ellita, ¿quieres un café?
    –No, no me apetece. ¿Hay zumo?
    –Creo que sí –Sebas abre la nevera y saca una botella de cristal con un culín de líquido naranja–. Mira, no queda mucho. Espera, que te lo pongo en una copa. Así parece que hay más.
    –¿Y David?
    –Durmiendo. En un rato lo despierto. Tenemos que abrir a las diez –desde hace cuatro meses, Sebas y David regentan una de las floristerías más chics de Madrid.
    –Sol se iba a las ocho, ¿no?
    –Sí. Me he levantado justo cuando se marchaba. Nos ha dejado un juego de llaves para que cerremos. ¿Tú tienes prisa?
    –No, ayer adelanté bastante el nuevo catálogo para los de la agencia.

Estoy sentada en un taburete, a un extremo de una mesa lacada en blanco, observando el ir y venir de Sebas.

    –Bueno, ¿qué tal todo? –el perfecto anfitrión, incluso en hogares ajenos, aparta la cafetera del fuego.
    –Bien. Demasiado bien, supongo. No te contaré lo que ha sucedido dentro de esa habitación porque, si lo hiciera, podrían pasar dos cosas: que no me creyeras o que me odiaras para los restos.
    –Jaja, entonces no me lo cuentes. Mejor nos evitamos una enemistad temprana –Sebas enciende un cigarrillo y deja caer el peso de su liviano cuerpo en la encimera–. Me alegra mucho tu respuesta. Empezaba a preocuparme: cuando has atravesado esa puerta, el título Satisfacción habría sido el último que le hubiera puesto a tu carita.
    –Ya, imagino que de lo que tengo cara es de “pero ¿qué coño estoy haciendo?”.
    –Pero ¿por qué, boba? ¿Estás pensando en Roberto?
    –No, no es eso. No sé. Me siento extraña.
    –Ellita, Roberto va a seguir estando ahí, créeme. Te lo dice alguien que conoce bien a los hombres. Somos así de raros. No tengo ni idea de por qué no se decide, de cuánto estás dispuesta a esperarlo o si te has cansado ya, pero pase lo que pase mañana tú debes hacer tu vida hoy, y dentro de esa vida existe una parcela importantísima: la de recibir y dar cariño. ¿Qué quieres que te diga? A mí este chiquito me gustó para ti desde que lo vi anoche rondándote. Durante la cena, no te quitó la vista de encima ni un segundo.
    –¿En serio?
    –Totalmente. Por cierto, ¿dónde está?
    –En la ducha.

Mi amigo se sienta frente a mí. Le pone azúcar al café. Lo prueba.

    –Me ha pedido el móvil.
    –Menuda tragedia, ¿no? –mi interlocutor me dedica uno de sus guiños únicos.
    –Sebas, es un mocoso, y encima un picaflor según su propia prima. Éste está más perdido que yo. Creo que lo que debo hacer desde ya es catalogarlo en el apartado “Anécdota inolvidable de una noche fabulosa”.
    –Mira que eres. Tú dale tiempo al tiempo. Estas cosas nunca se saben. Y deja de obsesionarte con lo de la edad. No puedes andar siempre bloqueada por semejante tontería.

Hugo aparece en el umbral con el pelo mojado y una toalla alrededor de la cintura, le da los buenos días a Sebas con su sonrisa indeleble y los ojazos hinchados y, a continuación, me mira fijamente, tratando de decirme todo lo que, hace unas horas, se dejó en el tintero de la cama.

    –Buenos días, Hugo. ¿Quieres un café? –le pregunta Sebas.
    –Sí, gracias, pero antes voy a vestirme.

Cuando mi pequeño sale de la polvera arregladito y fumando, Sebas y yo estamos en el salón, él con su taza y su perpetuo cigarrillo y yo con mi copa.

    –Anda, siéntate, que te preparo ese café.

Hugo se coloca junto a mí, pone su mano sobre mi espalda y la acaricia de abajo arriba y viceversa. Con los ojos perdidos en algún punto indeterminado del estuco azul de la pared, exhala una bocanada de humo.

    –Quiero volver a verte. ¿Querrás volver a verme? –ahora sí me mira, y lo hace con tanta fijeza que experimento la misma sensación de mareo que la noche anterior me provocara el aguarrás.
    –Claro, tonto, ¿cómo no voy a querer volver a verte?

Sebas llega con lo prometido y, de inmediato, los tres compartimos desayuno líquido y silencio. Cuando mi amigo presiente el momento del adiós, recoge el cristal y la loza y se escapa del salón con la excusa de adecentar la cocina. Al instante, Hugo me abraza y me besa como si se marchase al frente y sólo yo pudiera trasvasar al territorio de su pecho la paz que, en tiempos de guerra, le falta al mundo entero. Acto seguido, se levanta, se vuelve, me sonríe y se dirige a Sebas, que acaba de regresar.

    –Sebas, ¿tú sabes cómo se llega a Burgos desde aquí?
    –¿Trabajas en Burgos?
    –No, es que para llegar a la oficina tengo que coger esa carretera.

Mi amigo indica la ruta solicitada al familiar de Sol, luego lo acompaña hasta la puerta y se despiden. Yo contemplo la escena hundida en el sofá, paralizada por la extraña sensación de haber escuchado a Holden Caulfield preguntar a un nuevo taxista adónde van los patos cuando el lago de Central Park se hiela.

¿Adónde van los patos? II

17 Enero, 2008

El desfile de invitados comenzó hace un rato. En el aire flota un aroma dulzón a resaca y orfandad. A las tres de la mañana, me dirijo al consejo de sabios, que anda comiéndose la boca en la cocina entre los restos del festín.

    –Chicos, que el primo de Sol me ha dicho que quiere quedarse a dormir conmigo.
    –Fenomenal, Ellita, ¿no? Parece majísimo –me dice Sebas.
    –Tío, tengo que frenar este desbarre que me traigo últimamente.
    –Pero ¿por qué tienes que frenar nada? –me pregunta David.
    –Porque, después de una época de relativa calma, me estoy embalando otra vez.
    –A ver, ¿estás con alguien? No. ¿Eres una reprimida? No. ¿Existe alguna ley que prohíba que una mujer en pleno uso de sus facultades y con ganas de pasarlo bien disfrute?
    –No –me anticipo a David, sonriendo y moviendo la cabeza con resignación–. Si todo eso ya lo sé.
    –¿A ti el tipo te gusta? –ahora es Sebas quien pregunta.
    –¡Puf! Yo qué sé. Supongo que sí. Me gusta hablar con él, cómo me mira, las cosas que me cuenta, lo cariñoso que es… Vale, también lo bueno que está, pero, joder: tiene siete años menos que yo. Nunca me he enrollado con alguien tan joven.
    –¡Y dale con los años! Pues vaya tontería. Fíjate en este elemento –Sebas dirige la mirada a David–. Tiene la misma edad que tu pimpollo, y cualquiera diría que es su hermano pequeño. Ese bombón parece mayor, te lo aseguro. Y más que tú, ni te cuento, con esa cara de niña y todas tus cositas tan bien puestas –mi amigo me hace un guiño.
    –Si fuese por edades, ya me dirás tú a mí qué coño hago yo con el abuelo cebolleta. Trece años más que el menda –David señala a su amado con el dedo y le saca la lengua. Sebas se precipita sobre él para succionársela.
    –Chicos, esto es un desparrame. Voy a ver qué dice Sol.

Me adentro en el salón, que ya está a oscuras. Nuestra amiga le deja su cama a los tortolitos –no hay ganas de soplar boquilla de alcoholímetro– y a mí me instala en una habitación pequeña de invitados –han fumigado el edificio donde vivo y no deseo morir intoxicada mientras duermo–. La polvera la llama, prefiero no preguntar por qué. Es tan generosa que no consiente que ninguno de nosotros duerma en el sofá: “Que no, que aquí me acuesto yo, que soy la que más madruga”.

    –Sol –susurro mientras los ojos de las palmas de mis manos observan cada mueble con cautela para evitar un traspiés–, ¿estás despierta?
    –Sí, dime –la sombra de mi amiga se incorpora y se recorta al fondo, con la luz de la luna violando la terraza acristalada. Viene hacia mí.
    –Que Hugo dice que quiere quedarse a dormir conmigo.
    –Pues tú misma. Lo que tú quieras, pero sé clara con él. Está coladito por ti desde que te vio en las fotos de mi cumpleaños.
    –¿Éste es tu primo aquel del que me hablaste?
    –Sí.
    –O sea, que ya sabía quién era yo cuando me ha dado el pincel… Pero ¿no me dijiste que era un crápula?
    –Que le gustan mucho las tías. Bueno, chica, tú verás. Venga, dame un beso de buenas noches, que mañana tengo que levantarme temprano.
    –Por favor, Sol, no te acuestes en el sofá. Vete a la polvera, así me quedo aquí con Hugo y no puede pasar nada.
    –¿Aquí no puede pasar nada? Venga, venga, Ella, que las siete de la mañana están cada vez más cerca y a ti la falta de sueño te hace decir tonterías.

Suena el telefonillo. Lo cojo. Es Hugo. Me pide que le abra. Dice que sube, que ya ha aparcado bien el coche. De nuevo, me voy directa al consejo de sabios.

    –Chicos, que está subiendo.
    –Nena, no seas tonta. Tú dale gusto a ese cuerpo y que te quiten lo bailao –magister Sebas dixit.

¿Adónde van los patos? I

14 Enero, 2008

Más o menos una vez al mes, Sol reúne en casa a todos sus amigos para agasajarnos con comida, copas y buen rollo en unas cenas memorables que se extienden hasta altas horas de la madrugada. Yo siempre suelo llamarla poco antes del evento en cuestión para preguntarle si puedo ir acompañada de mi última historia imposible. Necesito que, junto con Sebas, me dé su opinión al respecto. Ella, invariablemente, siempre me contesta entusiasmada un eufórico: “¡Claro, tráetelo!”.
Esta noche llego sola, con dos botellas de vino y unas flores para la anfitriona. Hay más gente que de costumbre. Pese a ello, la mayoría de las caras me suenan. Finalizado el banquete, distintos grupos se dispersan a lo largo y ancho del piso. Después de charlar un rato con los integrantes de unos y otros, cojo mi ron con Coca-Cola y me marcho a buscar a Sol. Paso de la cocina al salón, atravieso la terraza y termino en el dormitorio de mi amiga, que está lleno de invitados. Nada más verme, un desconocido alto de pelo corto y oscuro, que se encuentra frente a un caballete, me tiende un pincel y una sonrisa:

    –Toma, pinta algo en mi cuadro.

Tras sobreponerme a la estupefacción de la propuesta, agarro el presente ofrecido y me asomo al lienzo. Desde luego no me encuentro ante un Van Gogh, sin embargo estoy segura de que mi intervención podría empeorar aún más el resultado.

    –Oye, mejor no. Lo último que deseo es estropear tu obra de arte.
    –No te preocupes, Ella, si no os gusta cómo queda, podéis volver a empezar –Sol sale de no sé dónde, abre el altillo de su armario, empieza a sacar material pictórico para repartirlo entre los allí presentes y luego desaparece. Dos chicos y una chica se sientan en la cama, colocan los lienzos sobre sus piernas y se afanan en emborronar los respectivos fondos blancos que les han tocado en suerte.
    –Venga, anímate –escucho de nuevo al muchacho.
    –Bueno, tú lo has querido. ¿Hay granate?
    –¡Marchando una de granate! –el chico estruja dos tubos de pintura, coloca los pegotes rojo y negro sobre la paleta y, acto seguido, los mezcla–. Aquí tiene, señorita.
    –Gracias, muchas gracias. Ya que vamos a compartir cuadro, no estaría de más que nos presentáramos –mientras hablo, comienzo a guarrear la creación ajena.
    –Claro. Me llamo Hugo.
    –Encantada, Hugo. Yo soy Ella.
    –Ya.
    –¿Ya? ¿Cómo que ya?
    –Acabo de escuchar a Sol pronunciar tu nombre.
    –¿De qué conoces a Sol?
    –Somos primos. ¿Y tú?
    –Nosotras nos conocemos a través de un amigo común: Sebas.
    –¡Ah, sí, Sebas! Me lo han presentado al llegar.

Uno de los artistas apócrifos se tropieza con el pie de otro al levantarse de la cama y su pincel termina haciendo diana a la altura de mi cadera izquierda. Mi grito de pánico al comprobar el lamparón que ha bautizado mi pichi crudo hace que Sol regrese a escena para restar dramatismo al asunto.

    –Ella, no te preocupes: el aguarrás quita la pintura de la ropa. Yo tengo que ir a buscar hielo. Toma, Hugo –mi amiga le entrega a su primo un trapo y un frasco–, ayúdale con la mancha.

El muchacho, diligente, coge el material de limpieza y me saca del dormitorio.

    –Ven. Te voy a dejar el vestido como si todavía le colgara la etiqueta de la tienda.

Sonriéndome, entro en el cuarto de baño junto a mi benefactor, que se arrodilla a mis pies para empezar la tarea.

    –Oye, esto apesta. Como encima no salga la mancha…
    –Que sí sale. ¿Cómo no va a salir? ¿No has escuchado a Sol? Ella es la pintora. Tienes que confiar en lo que dice –el chico moja el trapo en el aguarrás y frota la zona afectada. Realiza dicho trabajo con la mano derecha. La otra la apoya en mi muslo para no perder el equilibrio–. Mira, ya empieza a irse el churrete.
    –¿A ver? ¡Anda que…! Pero si se nota muchísimo.
    –¡Ay, qué niña más impaciente! ¿Quieres esperar un poco? No te he dicho que hubiera terminado.
    –Menudo colocón nos vamos a pillar. ¿No te marea este olor?
    –A mí me mareas tú. ¿Te podrías estar quieta? Anda, asómate al espejo. Yo creo que ya está.

Después de actuar como se me pide, compruebo que, en efecto, la mancha ha desaparecido.

    –¡Madre mía!, está impecable. Oye, muchas gracias.
    –No las merece, señorita. Supongo que tú habrías hecho lo mismo por mí, ¿no?
    –Por supuesto. Bueno, vamos. Tengo que pedirle a Sol que me preste algo para cambiarme. Si sigo con este olor a aguarrás encima, me desmayaré.
    –Espera, espera un momento. Me acabo de dar cuenta de que aquí te queda una manchita –Hugo, que ya se ha puesto de pie, señala mi cara con su dedo índice. Al instante, besa con un cuidado extremo mi pómulo izquierdo–. Sí, sí, y aquí veo otra –ahora le toca a la nariz–, y aquí…

Cuando los labios limpiadores comienzan a emplearse a fondo con el fin de eliminar los restos de pintura de los míos, la voz de Sol suena, lejana, al otro lado de la puerta:

    –¿Qué, chicos, cómo va eso?

Alta costura

5 Enero, 2008

En la temporada invierno-primavera-verano-otoño-invierno 2008, los XY tipo duro no se llevan. El tejido rígido en los corazones no marca tendencia. La corteza cerebral de inspiración macho clásico está completamente demodé. La gama de miradas a la última no incluye las de aire castigador y corte perdonavidas.
Lo más in en este año recién estrenado son los hombres de ternura retro sin corazas en las entre-telas. Pese a la diversidad de oferta, las sonrisas elaboradas en terciopelo y el sentido del humor de inspiración surrealista constituyen el plato fuerte de cualquier colección rompedora.
Nuestra línea editorial recomienda no adquirir un XY de saldo y agenciarse, antes de que lleguen las rebajas, uno de alta costura. Un sueño hecho realidad bien merece una rascada de bolsillo.

El joven 2008

29 Diciembre, 2007

Ante la presencia del joven 2008 aporreando puertas, mi espíritu caótico me impide pronunciar un solo propósito de año nuevo o formular deseos absurdos. He descubierto que la vida me trata mucho mejor cuanto menos la presiono, tal vez porque, al igual que yo, no soporta ser atada en corto.
Si realizo un rápido balance orgiástico de los últimos doce meses, únicamente me sale agradeceros el cariño concentrado que, día a día, habéis puesto en esta sopa virtual de la que me alimento.
Mi amigo Jean Paul Sotonta me ha vaticinado que, nada más arrancar el nuevo año, encontraré una banda de mariachis tocando bajo mi balcón. Asimismo, se atreve a asegurar que pronto me sorprenderé sustituyendo daiquiris por margaritas, y que no me importará sacrificar la paella de los días festivos por burritos y enchiladas.
Incapaz como me siento de creer lo que me cuenta míster Sotonta, lo escucho y me río mientras brindamos en un bareto de mi antigua ciudad por nosotros, por los amores que se fueron y por los que nos rondan a la vuelta del agónico 2007.

Feliz 2008, así, a secas (que cada cual engorde el listado de anhelos a su antojo).

PD: Espero que, tras el brindis por el recién llegado, vuestras copas acaben tan malparadas como la de la foto.

En desventaja

19 Diciembre, 2007

Esta tarde, en la piscina, antes de arrojarme al agua, una compañera me ha dicho que le encantaba mi nuevo bañador. Al escuchar esas palabras, me he echado a llorar a pie de calle, como si la chica me hubiese espetado que me esperaba a la salida para partirme la cara por mirarla mal.
Sergio ha venido hacia mí al instante para saber qué me ocurría y me ha llevado aparte. En tanto mi monitor aguardaba a que dejase de hipar, únicamente he deseado que no volviera a abrir la boca. ¿Cómo iba a contarle que hoy me faltaba un brazo y que semejante circunstancia me colocaba en desventaja con respecto al grueso de la humanidad nadadora, que, desde hace varios días, de manera intermitente, me falta algún trozo de mí y nadie, excepto yo, se percata de mi drama?
Mientras pensaba todo eso, Sergio me ha abrazado, y ante su imprevisto gesto me he sorprendido deseando morir emparedada en ese pecho protector.
Cuando mi respiración ha recobrado un ritmo medio normal, el chico ha puesto sus manos sobre mis mejillas. Luego, con los dedos pulgares, ha hecho un barrido enjugador de lágrimas. A continuación, ha colocado sus manos sobre mis hombros y me ha dicho:

–Venga, Ella, que los nuevos son unos gallinas: no se atreven a tirarse de cabeza. Hoy te toca a ti dar la lección de salto.