Claudia
13 de febrero de 2002
Quedo con Claudia en un café de Plaza de España. Hace tanto que no nos vemos que soy incapaz de calcular el tiempo que ha pasado desde nuestro último encuentro.
Tras dar el primer sorbo a un capuchino, se disculpa por su aislamiento voluntario del mundo. Luego me cuenta entre risas nerviosas de mirada líquida que en enero se ha gastado más de cien mil pesetas en llamadas a teléfonos 906 del tarot, y que no puede pagar la factura.
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–¿Y qué vas a hacer? -le pregunto.
–Pues pedírselo a mi padre. Ya sabes que me debe un cheque en blanco de por vida.
Entonces me doy cuenta de lo mal que está mi amiga, no porque le pida el dinero a su padre, que me parece de una inmadurez brutal, sino porque ese cheque del que habla empezó a extendérselo su progenitor con ocasión de su primer ingreso en urgencias, a causa de la primera paliza que le propinó cuando comenzaba a caminar.
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–Pero, ¿para qué llamabas al tarot?
–Ay, Ellita, porque tengo que encontrar el amor de una vez por todas. No puedo seguir así.
Y no sé por qué, pero en ese momento otro recuerdo me asalta, ahora en forma de relato, el de Claudia contando cómo cinco años atrás se vio obligada a abortar del hijo de su inminente marido porque se había quedado embarazada unos meses antes de pasar por la vicaría para sellar una unión que no cumpliría su primer aniversario.
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–Pero, si ibas a casarte, ¿qué te obligaba a abortar? –le pregunté en aquella ocasión.
–Mi padre me habría matado si llega a enterarse de que éramos tres en el altar. Es muy católico. Se lo habría tomado como una humillación. Preferí abortar en manos de un médico antes que a golpes en las suyas.
Claudia y yo nos conocimos en un taller literario. La carencia de gracia física de la que era más que consciente la suplía con grandes dosis de sociabilidad y simpatía. Supongo que nos aproximamos tanto la una a la otra casi sin necesidad de mediar palabra porque los supervivientes de cualquier tipo de holocausto se reconocen nada más olerse.
Después de acabarnos los cafés le pregunto a mi amiga si le apetece que nos metamos en el cine o que vayamos a cualquier otro sitio.
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–No puedo, tengo cosas que hacer en casa. Hablamos.
19 de septiembre de 2005
Camino de una de mis editoriales clientes, me bajo en la estación de metro de Nuevos Ministerios. Al dirigirme a la salida de la calle Orense, me tropiezo con un extraño alboroto. Una chica, sentada en una banqueta y apoyada sobre una mesa de camping, escribe. La gente se arremolina a su alrededor. En el suelo, un cartel: Cartas de amor y poemas por encargo. Al instante compruebo mis labios arqueados hacia arriba en una sonrisa que se desdibuja en el preciso instante en que miro el rostro de la protagonista y reconozco a Claudia.
Cuando el negocio se queda tranquilo, me acerco a ella:
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–Hola, Claudia.
–Lo siento, pero creo que te equivocas de persona. Yo me llamo Olvido –me dice con la amabilidad que siempre la caracterizó.
Entonces no me queda otra opción que disculparme y salir de allí en busca de aire fresco. No puedo soportar la repentina sensación de asfixia.
28 Septiembre, 2005 a las 13:48
Ellita: ¡corre!
¡abre las ventanas de tu casa!
que entre el aire.
¡Abre todas las ventanas!
que entre el aire
cargado de tiritas con las que curar el olvido.
Achuchones de gelatina.
29 Septiembre, 2005 a las 13:42
Más que de gemir me dan ganas de gritar.
Siento algo por Claudia, no sé qué es, no es pena, es esa cosa amarga que se instala entre las vísceras y se queda un rato culebreando…
29 Septiembre, 2005 a las 18:54
JUAS!
uf!
ay!
(no me sale ningún gemido)
¿No tiene alguien una vela para iluminar esta orgía?
*
29 Septiembre, 2005 a las 20:53
Seguro que hay alguien que piensa en Claudia. Yo lo intentaré, si me acuerdo.
29 Septiembre, 2005 a las 21:40
Bienvenido a ésta, tu humilde orgía, Nomeacuerdo. Una vez más compruebo, gustosa, la gran falacia de tu falta de memoria.
29 Septiembre, 2005 a las 22:32
Me ha dejado…..
si no fuera yo, fuera otro, por ejemplo Ella, en esa situación hubiera sentido gran dolor y pena, por ver cómo acabó, y como neuras que soy, por pensar que yo podría haber acabado igual.
Me ha gustado Ella, me ha hecho pensar eso.
29 Septiembre, 2005 a las 22:45
Tímido ronroneo por la protagonista del relato… pero por vos querida otra clase de maullidos más salvajes…
besote felino!!!
PD: qué raro, Doña, en mi blog dejan comentarios hasta los fantasmas…
1 Octubre, 2005 a las 11:15
Yo también hubiese reconocido a Claudia, lo malo de tener ese sentido es que a veces te sientes el prota del Sexto Sentido y no solo ves muertos, sino futuros muertos que no luchan, y lo peor muertos que no saben que lo están, y no me gusta la necrofilia.
Por cierto, el olvido también es una terapia.
P.D: Enhorabuena, ofreces un sexo muy bueno, aunque como novata en el cibersexo casi no encuentro el camino a la orgía.
2 Octubre, 2005 a las 17:54
Pues después del esfuerzo realizado para encontrarnos, sólo me queda darte la bienvenida y esperar que te sigas pasando por aquí, Ordelina.
Abrazo orgiástico.
3 Octubre, 2005 a las 15:33
Normalmente me mostararía incompasivo con alguien que llama a esos videntes para solucionar sus problemas, pero dadas las circunstancias…
Su padre es un hijo de dama de burdel, pero desde luego ella podría haber hecho algo para zafarse de su mano de hierro.
5 Noviembre, 2005 a las 22:19
Me encantan estos personajes, aunque lleven la cruz de una vida durísima.
Saludos