Pánico en la sala (II)

Toco el timbre del infierno y sus puertas se me abren como piernas de una amante ardiente. Almudena, la auxiliar de la clínica dental, me pregunta cómo estoy.
-Lo llevo de pena. Todavía no sé cómo he tenido las narices de venir.
Con una sonrisa que, dadas las circunstancias, estimo insultante, me pide que pase a la sala de espera, por donde, al cabo de un rato, mi verdugo asoma la cabeza:
-Hola, Ellita, ¿cómo va todo?
-Peor imposible, Amado. ¿No puedes darme un garrotazo a modo de anestesia general?
Mi dentista se pierde en el pasillo entre risas (qué lástima ser tan graciosa en según qué circunstancias) y, al cabo de un millón de horas, vuelve a aparecer para convocarme al potro de tortura. Camino de mi particular cadalso, no se cansa de decirme lo guapísima que estoy.
-Es que me he puesto de gala para entrar al matadero.
Amado es un encanto, un hombre amable, de lo más respetuoso. Sus piropos jamás podrían ofenderme. Antes de llegar a él, pasé por una clínica afamadísima donde me atendió un ortodoncista que, nada más recibirme, me dedicó una mirada lasciva y una caidilla de baba. El infeliz no fue capaz de darse un mínimo respiro entre insinuación e insinuación y groserías varias.
Mientras aquel guarro me hablaba, no podía evitar imaginarlo encima de mí cada mes, comiéndome las tetas con los ojos, reclinando el sillón más de la cuenta las veces que llevara minifalda, escupiendo todo tipo de ocurrencias asquerosas. La puntilla me la dio cuando, al acompañarme hasta la recepción para despedirme, me recitó, a voz en grito, una poesía infecta en medio de una asamblea de mamis superpijas y niños repipis.
Salí pitando de allí, por eso ahora estaba debajo de Amado (el nombre con el que ningún padre debería inscribir a su hijo en el Registro Civil ante la posibilidad de que de mayor se conviertiese en sacamuelas), indicándome que me iba a pinchar para dormirme la zona y que no me enteraría de nada. Después de los minutos de rigor para que la anestesia surta efecto, me pregunta:
-¿Qué, cómo vas, princesa?
Con la boca torcida y el corazón en un puño, le miento y le respondo que muy bien, aunque me quedo con ganas de pedirle que corte de una puta vez el hilo musical de sosas y llorones.
-Bueno, tenemos que empezar –lo miro horrorizada, como si estuviéramos de picnic y, el muy sinvergüenza, en lugar de atacar la cesta de la comida, tratara de sodomizarme sobre una mantita a cuadros.
-¿Ya?
-Mientras antes comencemos antes terminamos –sabia, pero inconveniente conclusión.
Amado se dispone a revelarme entonces los pormenores de un proceso que preferiría no conocer:
-Mira, ahora voy a colgar las pinzas…
-Espera, ¿qué significa eso de que vas “colgar las pinzas”? -me incorporo y lo interrumpo en medio de un ataque de risa histérica que más bien parece etílica. Él y su ayudante ríen también.
-Pues, nada, que voy a engancharlas a la muela.
-Pero ¿para qué? –mientras más hablo más beoda luzco.
-Para empezar a tirar de ella. Tú no te preocupes, sólo sentirás presión. Si en algún momento te duele, levanta la mano, paro y te pongo más anestesia.
¿Más anestesia? Ni que fuera una yegua percherona. Ya llevo dos jeringazos en la encía y uno en el paladar.
Denostado (a esas alturas me siento en todo el derecho a cambiarle el nombre) comienza a actuar tal y como me ha indicado. Cuando mis piernas se desatan en un baile de nerviosismo incontrolable, me pregunta si le quiero coger la mano a Almudena. Asiento. Me muero de vergüenza (ni que estuviera pariendo), pero me da lo mismo. La auxiliar me pregunta si me mareo. Le contesto estrujándole la mano. Me dice que me ve demasiado pálida. Su jefe me hace saber, con una efusividad exagerada, que estoy haciéndolo de fábula y soy una campeona. Sudo de pánico. En un intento de abstraerme y dejar de sugestionarme, trato de cantar mentalmente el estribillo infame que vomita el hilo musical. No lo consigo. Sólo soy capaz de imaginar el brutal desgarro que se debe de estar produciendo en la trastienda de mi pobre boca de piñón.
El resto es agua pasada: dos agujeros de bala a cada lado de mi encía superior que han ido cicatrizando y que de vez en cuando mimo con la punta de la lengua para consolarlos y reconocerlos como propios. Pronto desaparecerán, cuando el alambre imperdonable vuelva a ser tensado en su afán recolocador.
Después del trance, me siento un poco más fuerte. Tenían razón quienes intentaban sacarme de mi error: las heridas de la carne son, a fin de cuentas, las más llevaderas.
4 Abril, 2006 a las 7:39
Quién saboreará esas cicatrices?
4 Abril, 2006 a las 9:53
La silla del dentista y la del ginecólogo … ambas , antes las llevab bien…últimamente no puedo con ellas …El desntista me destrozó las encías en la última limpieza y sangré tanto que no distinguía donde tenía que atacar ( a todo esto sin anestesía por lo del embarazo )… debería haber vuelto hace 1 año… no me atrevo.
El ginecólogo que me colocó el último DIU … me hizo tanto daño que perdí el conocimiento ( y me tengo por dura en estas cosas )…
no sé si son los años o que pero me estoy conviertiendo en un a”cagueta” para estas cosas ….
Ahora eso si la mini al dentista no la llevo … es mucho para mi …
un gemidito ( de dolor )
4 Abril, 2006 a las 10:55
Lo que siempre llama mi atención son las imágenes - aunque la primera frase de esa historia me afectó como el dentista afecta a la chica en el suelo. Esa en el fondo no tiene nada de la cariñosa Almudena dispuesta de cogerte la mano. Parece ser más una verduga de quien sabe qué campo de concentración. Y, el dentista con sus instrumentos primitivos no parece en nada al encanto de Amado ni al amable Denostado. Parece más un mecánico grueso que no entiende nada de la mecánica fina de esa chica en el suelo con toda su ropa elegante. En comparación con esa chica tú no tienes nada que quejar Ella… Pero de todas formas te doy un abrazo lleno de consuelo.
4 Abril, 2006 a las 13:08
Que pena no ser galeno dental. De haber tenido la fortuna de tenerte como paciente y sentir tu esencia tan cercana, también habría “colgado mis pinzas”, pero yo como quien cuelga los hábitos, para pasarme la eternidad cuidando tus agujeros de bala, y los días colgado, pero esta vez, de tus pestañas…
4 Abril, 2006 a las 13:35
Dan, te aseguro que los primeros días sabían a cuerno quemado, ahora se van dulcificando y son algo más apetecibles.
Lapradera, estamos hechas unas damas de las camelias… ¡Qué rabia me da!
Ana, la imagen pertenece a The dentist (Darragh O’Donoghue; 1932; EEUU). Y no, el dentista y la enfermera no se parecen a los míos, afortunadamente.
Dunlendino, lo de colgar las pinzas como quien cuelga los hábitos tendrías que habérmelo dicho antes. En el momento clave podría haber sugerido a mi dentista que se hiciera monje cartujano.
Besos salvajes.
4 Abril, 2006 a las 14:04
Pero, Ella, lo que me pregunto; ¿pareces tú a la chica en el suelo?
4 Abril, 2006 a las 14:20
Jaja, Anita, en absoluto. Mi compostura permaneció bastante más intacta que la suya.
4 Abril, 2006 a las 15:27
Una pregunta….¿Almudena se recupera favorablemente del trinchamiento de los huesos de su mano?
Creo que tus lectores agradeceremos una foto de tu dentadura al final del proceso… aunque sólo sea para comprobar que el sacrificio ha valido la pena.
Besos sin anestesia.
4 Abril, 2006 a las 18:59
Creo que nunca hubiera podido ser ni dentista ni ginecólogo, no me gusta la idea de trabajar en esas bellas partes, porque quizás después al llegar a casa las hubiera visto con cara de escritorio…
jeje
Orgiástica, me encanta leerte.
besos
4 Abril, 2006 a las 22:02
Almudena es maravillosa. Pobrecita. Vale, una foto del final y otra del punto de partida. Hay quienes me decían que en mi lugar no se habrían sometido al suplicio, que estaba bien como estaba. Mi tozudez siempre me puede.
Jorge, desde luego la profesión de ginecólogo debe de ser brutal para vosotros: ver “eso” como trabajo… Por cierto, el placer es mutuo.
Abrazo ardiente.
4 Abril, 2006 a las 23:23
La foto es fantástica. Ay Ellita lo siento pero me he reído mucho con tu manera de contarlo. Seguro que tu boquita de piñón va a quedar mejor, si cabe. Un gemidito dolorido
4 Abril, 2006 a las 23:30
yo también le daba la mano a la enfermera!
alivia mucho, esa mano
y cerraba los ojos
y luego los abría, porque con ellos cerrados oía demasiado!
en fin, un número
5 Abril, 2006 a las 0:11
VanCleefArpels, no lo sientas, no imaginas cómo disfruto cuando os reís con lo que cuento.
Epoptek, ¿qué dices, loco? ¿Cómo vas a abrir los ojos? Por cierto, nunca habría imaginado que la mano de una mujer pudiera reconfortar tanto. Ahora os entiendo (a los hombres).
Cosquillas eróticas.
5 Abril, 2006 a las 2:59
vaya si lo has pasado asi estos dias…
os dejo cariños y mil disculpas por desaparecerme, pero la facultad me tiene tomada mas de unos dias… entre teorias que inundan mis paredes de mi cerebro y los autores que por las noches me hacen compañia, pues bien … el saber que tienes una buena relacion con mi amiga gotita, que desde un tiempo corto se que es mi colega… me da aliciente aun mas para dejar palabras de cariños aqui..
mil cariños para vuestra persona..
Amapola
@–>–
pd: gracias por vuestras palabras que siempre dejas en mi morada.. mil gracias de verdad
5 Abril, 2006 a las 10:13
Qué mal rato, mientras te leía me entraban escalofríos… yo también soy muy mal paciente, aunque cuando me sacaron la muela no recuerdo que lo pasara tan mal. Sin embargo hace poco me hicieron una endoscopia y, al levantarme de la camilla, tengo que reconocer que se me caían dos lagrimones (eso sí, lo llevé en silencio).
Besos, mejórate (imagino que es difícil :P)
5 Abril, 2006 a las 11:44
eres una campeona
con la boca de un potencial hermoso
achuchones azules
5 Abril, 2006 a las 14:05
Amapola, me ha encantado eso de las teorías inundando las paredes de tu cerebro. ¿Colega de Gotita? Bueno, bueno…
Rafael, tú no lo pasaste tan mal porque eres un fornido mocetón y yo una frágil damisela. Yo no lloré, pero eso sí, no me callé.
Oye, Fervoroso, mi boca antes también era hermosa, ¿eh?
Mordiscos hambrientos.
5 Abril, 2006 a las 19:41
Yo no puedo decir nada gustoso que no suene incestuoso, porque el olorcito del alginato, el rumor de los compresores, la luz esa tan artificial y tan limpia de los consultorios dentales, me hace acordar a mi papá. El ha sido hasta ahora mi único dentista, y encima era buenmozísimo cuando era joven. Y todavía conserva algo..
Yo odiaba a todas las pacientes que me charlaban con eso de .. que lindo los ojos de tu papa, vos también los tenés lindos, claro, pero el los tiene verdes!!!! ” Estas atorrantas, porque no cerrarán los ojos en el sillón, como todo el mundo”, pensaba yo!!
Así que sin querer, acabo de inventar un test para los dentistas.. es ud lindo?responda:
A) la mayoria de las mujeres lo miran a los ojos cuando estan en el sillon, especialmente las jovenes.
B)Las mujeres y hombres e incluso niños cierran instintivamente los ojos cuando estan en el sillon.
Respuesta A: - wow, guaaaapo!
Respuesta B:- piense lo que quiera, talvez cierren los ojos porque le tengan mucha confianza , mejor piense eso.
5 Abril, 2006 a las 20:50
Últimamente no encuentro hueco nada más que para atormentarme, pero precisamente estaba leyéndote ahora mismo, y tranquila, nunca me estresarías, pero no te aconsejo que te enfrentes a mi vida, es bastante rastrera para pelear: tira de los pelos.
Me ha encantado la risilla nerviosa que se le escaparía a cualquiera en una visita con Amado… aunque sospecho que quizás alguien se ha dejado el gas de la risa abierto. Ya sabes la afición que tienen los ortodoncistas por esa droga graciosa.
Pero lo que más me gusta es que no pierdes tu belleza ni en esos atroces momentos de existencia perturbada, con Almudena agarrándote la mano.
P.D.: Nadia está de vacaciones, no sé cuando volverá. Yo estoy de cuentacuentos. Cuentos llenos de ventajas, de esos que curan heridas y dan esperanza.
5 Abril, 2006 a las 21:05
Malena, ¿y tener un padre dentista es una ventaja o una desventaja? Me refiero a que te aguanta menos las tontadas, ¿no?
Angelgris, qué forma tan tremenda de encabezar tu gemido. No me digas eso, hombre, que me pongo triste. Y, con respecto a Nadia, pues, nada, que descanse y recargue pilas. Ya sabes que adoro a esa brujilla. Cuéntale también algún cuento a ella (y otro a Ella).
Besos cariñosos.
5 Abril, 2006 a las 21:08
Jejeje, ups, no quería decir que estuviera atormentándome leyéndote. Todo lo contrario, era mi primer momento de descanso del día. Y si quieres te cuento todos los cuentos que quieras.
Besitos
5 Abril, 2006 a las 22:20
No, hombre, Angelito, ya imaginé que mi post no era la causa de tu tormento, pero no me gusta que estés mal. Cuídate, y sí, por favor, cuéntame todos los cuentos que quieras.
Caricias brujas.
5 Abril, 2006 a las 22:34
Jajajaja….Ella…eres genial! pero es verdad las heridas de carne duelen menos….pero a veces también las del alma, traspasan esa carne y en el camino puffffffffff!!!
Un abrazo que los bikiños te lastimarian los mofletes!;)
Mejorate bonita.
5 Abril, 2006 a las 23:40
con gotita estudiamos la misma carrera, claro pero en diferentes paises por cierto, y claro hace unos meses me vine a entarar que somos colegas …
os dejo cariños
Amapola
@–>–
5 Abril, 2006 a las 23:40
Hola Ella. 2 cosas que comentar:
1. “Amado (el nombre con el que ningún padre debería inscribir a su hijo en el Registro Civil ante la posibilidad de que de mayor se convirtiese en sacamuelas)” jajajajajajajajaja….tienes TODA TODA la razón.
2. Es horrible eso de ir al dentista para que éste introduzca en tu boca todos los elementos de tortura comprendidos habidos y por haber. Es, lo peor…te lo dice alguien que usó aparatos dentales 10 años de su vida.
Incontables besos de mí para tí.
6 Abril, 2006 a las 0:18
Azul, heridas del alma que traspasan la carne. ¡Uf!, qué dolor. Pero sí, claro que existen.
Amapola, eso me parecía, que estábais en distintos puntos geográficos.
Ana, ¿10 años de aparatos dentales? Te nombro mi heroína del día.
Besos traviesos.
6 Abril, 2006 a las 0:58
Tuve un amigo que se lió con una dentista. Lo hacían en el sillón de torturas a todas horas y siempre contaba maravillas de la experiencia. Mis dentistas son muy guapas y cada vez que voy intento imaginarme alguna de estas aventuras pero en cuanto me tumban en el sofá y me abren la boca me siento indefenso aunque las fantasías perduren.
6 Abril, 2006 a las 4:21
Lograste que me sentara en la silla de torturas, por suerte también había una Almudena a la que yo quería agarrar, de la mano, de donde pudiera.
Siempre pensé que esa profesión requiere de un alto grado de sadismo, y me preguntaba qué sentía el tipo con el poder inconmensurable, ante el que todos nos rendimos.
Me atendía uno con el cual el sentimiento era ambiguo: más allá de aquello que rodea a todo profesional, el tipo me hartaba con su charla y su fanfarronería –y se ve que estaba muy cómodo conmigo porque se quedaba hablándome y hablándome, sin importar cuántos otros esperaban afuera–. Como odontólogo no era malo, solo pesado, y aunque yo tenía la opción de elegir a otro, seguía con él. El motivo oscuro era su asistente –que además era su amante– que tenía como veinte años menos que él, y vestía un uniforme reventón y muy cortito. Por supuesto que no me privaba de admirarla, ni de dejar que la fantasía dibujase lo que quisiese cada vez que ella me limpiaba la boca, o se acercaba a prepararme la toallita para no ensuciar mi camisa y su perfume conseguía anular el efecto de la anestesia. Solo por ella resistí esos aguijonazos en el paladar que nos acompañan por lo menos una semana ¡qué dolorosos que son!
Finalmente mis deseos no se concretaron, por más que cruzáramos insinuaciones de todo tipo, aún en presencia del pedante. Sí se encargó de ofrecerme toda su belleza, pedacito a pedacito, cada vez que tenía la oportunidad de estirarse frente a mí y dejar que los pliegues de su uniforme, o que la levantada de su faldita, alumbrara mis ojos perdidos por la angustia. Por suerte, en esa sala, las babas siempre son dignas.
6 Abril, 2006 a las 7:14
Elfer, pues no te pincharán, porque después del aguijonazo no hay fantasía que perdure.
El Ventrílocuo, cambia de dentista o búscate otro con enfermera cañón que no esté liada con el jefe.
Abrazo ardiente.
6 Abril, 2006 a las 7:15
sodomizada sobre un mantel de cuadros… mmmmm…… voy a ir al dentista la semana entrante… y el saborcillo de la sangre…. mmmm…. voy a ir al dentista la semana entrante…
6 Abril, 2006 a las 9:16
“Toco el timbre del infierno y sus puertas se me abren como piernas de una amante ardiente.” con ese inicio me has dejado descolocado. y no, por mucho que almudena me cogiera de la mano no le encuentro ninguna erótica a la silla del dentista; es que todavia no le encuentro el punto al sadomasoquismo. es mucho más sugerente la consulta de mi oculista: siempre con la luz baja, música suave, mirándome los ojos a corta distancia…lástima que se llame josé, tenga 60 años y solo le visite cada dos años…con la de chicas que estudian la carrera y que pocas consultas hay de mujeres oculistas!
un placer.
6 Abril, 2006 a las 14:55
Phosphorus, chica, voy a tener que tomarme la vida con tu filosofía. ¿Qué pasa cuando vas al ginecólogo?
Humbert, pues los oculistas también masacran lo suyo. ¿Nunca te han vuelto los párpados del revés o te han metido algún artilugio en los ojos para medirte la presión? Y eso por una simple conjuntivitis. Vamos, vamos, no te fíes de ellos: otros sádicos.
Besos lujuriosos.
6 Abril, 2006 a las 16:48
ella, a mi me tenía loca un indio que me hacía masajes en la espalda. A mi madre le habían contado que arreglaba los huesos, y yo me lo imaginé del estilo Don Juan de Castaneda, pero el tipo era un Don Juan de Marco. Me acuerdo que llegó en una moto de enduro, con el pelito largo, una argolla en la oreja y los brazos tatuados:Era altísimo y flaquísimo y tenía olor a aceite johnson de bebé. Me arregló los huesos, las articulaciones incluso las partes de tejido conectivo, músculos y glándulas, para ser más exactos y menos románticas. Soy una maleva, ella, lo siento mucho..siempre termino arruinando lo erótico con mi poco sexy sentido del humor..
beijao!!
6 Abril, 2006 a las 19:39
Me hiciste acordar a la época en la que trabajaba con mi papá, es dentista, en el consultorio. Agarraba las manos de los condenados, los apantallaba, los consolaba, sufría con todos ellos. Debo haber sido buena, todavía se acuerdan de mí y me mandan besos.
6 Abril, 2006 a las 21:19
Llega la primavera en los ojos de la enfermera, sólo suena poco en español, pero en holandés tenemos esa canción; “Het wordt lente, het wordt lente in de ogen van de tandartsassistente”, ¡que nos suena fenomenal! Quiero dedicar esa canción al Ventrílocuo. Con un beso de primavera para la tan misteriosa Ella…
7 Abril, 2006 a las 0:05
Malena, ¿en serio que el indio guapo se limito a hacer a la perfección a su trabajo? ¿No me ocultas datos?
Marce, ¿tú también eres hija de dentista? Lo mismo que Malena. Qué maja, yo, desde el otro día os tengo un cariño inmenso a las agarradoras de manos.
Anita, lo que daría yo por escuchar de tus labios esa canción, para mí de pronunciación imposible.
Cariños orgiásticos.
7 Abril, 2006 a las 11:12
Bueno, él me ocultó el dato principal: él era el nieto del indio curandero, solamente estaba aprendiendo y en eso, su abuelo me lo mandó.. muy bien hecho! En realidad, él era cantante de cumbias , fué muy interesante para mí aproximarme a ese mundo, de la cumbia y de la noche. Y de la trasnoche, ay dios! …mejor ni me acuerdo, menos ahora que vivo en Alemania!
besos desparramados..
8 Abril, 2006 a las 6:19
Ella querida, parece que acabas de describir mi alma, que se ha sentido igual que tu boca en muchas ocasiones… Aùn así, me sigue matando la fantasía de tener algo con un dentista….
Besos cariosos
8 Abril, 2006 a las 19:41
Las heridas en la carne, nos dejan marcas imborrables en el cuerpo, las del alma nos destrozan por completo.
8 Abril, 2006 a las 21:27
“… el tío León XII le ordenó al doctor Adonay (¡qué bonito nombre!) que le hiciera de una vez dos dentaduras: una de materiales baratos, para uso diario en la oficina, y otra para los domingos y días feriados, con una chispa de oro en la muela de la sonrisa, que le imprimiera un toque adicional de verdad”; escribe García Márquez en “El amor en los tiempos de cólera”. Eso podría ser una solución para todos con miedo por los dentistas y las heridas en la carne, aunque yo preferiría una dentadura original, una que más me gustaría con una chispa de oro en la muela de sonrisa. Seguimos sufriendo…
Un beso con toque adicional de verdad
8 Abril, 2006 a las 21:33
Malena, cumbia, noche y trasnoche… Tú te has marchado a refugiarte al frío germánico para escapar con vida de tanto desparrame latino.
Ginger, mira que sois pervertidos, todos con la fantasía del sacamuelas y el sillón reclinatorio.
Paulo, para salir adelante después de un accidente del alma es imprescindible hacer rehabilitación.
Anita, sí, sí, mejor la dentadura original. Yo tampoco tengo una chispa de oro en la mía. Me conformo conque, al sonreír, de vez en cuando, se me escape un rayo de alegría.
Besos sonrientes.
8 Abril, 2006 a las 23:12
Jajajaja, yegua percherona… ¡Ay! si no fuera por el sufrimiento de tu boquita de piñon me hubiera reído mucho más con tu historia de la visita al dentista. De cualquier forma ya pasó y no dolió tanto. Qué bueno que ya estás bien.
Besos sanadores.
9 Abril, 2006 a las 1:01
hola ellita!!!! que valiente has sido…ahora si que como dice en el disco de joaquin sabina “dimelo en la callle”: LO PEOR HA PASADO….todo valdra la pena, veras, quedas mas linda!!!
un besito de la gota-neja de la suerte!!!
9 Abril, 2006 a las 10:02
Ella, seguro que tú no necesitas chispas de oro, ¡eres la chispa de oro en persona!
Besos de oro.
9 Abril, 2006 a las 16:48
Micky, ríete, tú no te cortes, que ya todo pasó.
Gotita, eso precisamente le estaba diciendo a Micky.
Ana, pero si yo soy carbón la mañana de Reyes… ¿No ves que nunca me porto como los demás esperan?
Cosquillas orgásmicas.
9 Abril, 2006 a las 19:13
tal cual, Ella querida, Ayer estuve en una milonga acá en Hannover, estuve apretándome alemanes, les hice entender que el agua no se mastica… besos con cadencia
15 Septiembre, 2006 a las 9:55
En mi caso el miedo al dentista siempre ha sido irracional y alimentado por el mito social de que es un potro de tortura donde el dolor alcanza cotas infinitas. Siempre voy algo nervioso, y mis manos agarran los reposabrazos de la silla como si estuviera despegando en un avión (otro de mis miedos sin fundamento). Al final ni siento la anestesia, ni siento cuando me empastan, y ni siento cuando me sacan las muelas.
Los antestesistas han hecho bien su trabajo y se los agradezco de todo corazón.
Hace poco fui al dentista, preparado para la vergüenza habitual de tener varias caries, fruto de una mala limpieza dental, y me encontré con gran sorpresa con una frase que ni en mis sueños más optimistas pude haber imaginado: “no tienes nada”. Necesité que me lo dijera dos veces.
Hubiera salido con una amplia sonrisa en mi boca si no fuera por los abusivos 40 euros que tuve que pagar por una limpieza de sarro.
Hay que pasar por caja, aunque no tengas nada.
En fin..
Saludos húmedos