Son las ocho y media de la mañana de un lunes. Después de echarme encima una bata horrenda color rosa chicle que Sol me ha prestado y de la que me sobran varias tallas, salgo de la polvera dispuesta a buscar gente por la casa. En la cocina me encuentro a Sebas, que está preparando café.
–Buenos días, Sebis –mi amigo me da un beso y yo le engancho los brazos al cuello.
–Buenos días, Ellita, ¿quieres un café?
–No, no me apetece. ¿Hay zumo?
–Creo que sí –Sebas abre la nevera y saca una botella de cristal con un culín de líquido naranja–. Mira, no queda mucho. Espera, que te lo pongo en una copa. Así parece que hay más.
–¿Y David?
–Durmiendo. En un rato lo despierto. Tenemos que abrir a las diez –desde hace cuatro meses, Sebas y David regentan una de las floristerías más chics de Madrid.
–Sol se iba a las ocho, ¿no?
–Sí. Me he levantado justo cuando se marchaba. Nos ha dejado un juego de llaves para que cerremos. ¿Tú tienes prisa?
–No, ayer adelanté bastante el nuevo catálogo para los de la agencia.
Estoy sentada en un taburete, a un extremo de una mesa lacada en blanco, observando el ir y venir de Sebas.
–Bueno, ¿qué tal todo? –el perfecto anfitrión, incluso en hogares ajenos, aparta la cafetera del fuego.
–Bien. Demasiado bien, supongo. No te contaré lo que ha sucedido dentro de esa habitación porque, si lo hiciera, podrían pasar dos cosas: que no me creyeras o que me odiaras para los restos.
–Jaja, entonces no me lo cuentes. Mejor nos evitamos una enemistad temprana –Sebas enciende un cigarrillo y deja caer el peso de su liviano cuerpo en la encimera–. Me alegra mucho tu respuesta. Empezaba a preocuparme: cuando has atravesado esa puerta, el título Satisfacción habría sido el último que le hubiera puesto a tu carita.
–Ya, imagino que de lo que tengo cara es de “pero ¿qué coño estoy haciendo?”.
–Pero ¿por qué, boba? ¿Estás pensando en Roberto?
–No, no es eso. No sé. Me siento extraña.
–Ellita, Roberto va a seguir estando ahí, créeme. Te lo dice alguien que conoce bien a los hombres. Somos así de raros. No tengo ni idea de por qué no se decide, de cuánto estás dispuesta a esperarlo o si te has cansado ya, pero pase lo que pase mañana tú debes hacer tu vida hoy, y dentro de esa vida existe una parcela importantísima: la de recibir y dar cariño. ¿Qué quieres que te diga? A mí este chiquito me gustó para ti desde que lo vi anoche rondándote. Durante la cena, no te quitó la vista de encima ni un segundo.
–¿En serio?
–Totalmente. Por cierto, ¿dónde está?
–En la ducha.
Mi amigo se sienta frente a mí. Le pone azúcar al café. Lo prueba.
–Me ha pedido el móvil.
–Menuda tragedia, ¿no? –mi interlocutor me dedica uno de sus guiños únicos.
–Sebas, es un mocoso, y encima un picaflor según su propia prima. Éste está más perdido que yo. Creo que lo que debo hacer desde ya es catalogarlo en el apartado “Anécdota inolvidable de una noche fabulosa”.
–Mira que eres. Tú dale tiempo al tiempo. Estas cosas nunca se saben. Y deja de obsesionarte con lo de la edad. No puedes andar siempre bloqueada por semejante tontería.
Hugo aparece en el umbral con el pelo mojado y una toalla alrededor de la cintura, le da los buenos días a Sebas con su sonrisa indeleble y los ojazos hinchados y, a continuación, me mira fijamente, tratando de decirme todo lo que, hace unas horas, se dejó en el tintero de la cama.
–Buenos días, Hugo. ¿Quieres un café? –le pregunta Sebas.
–Sí, gracias, pero antes voy a vestirme.
Cuando mi pequeño sale de la polvera arregladito y fumando, Sebas y yo estamos en el salón, él con su taza y su perpetuo cigarrillo y yo con mi copa.
–Anda, siéntate, que te preparo ese café.
Hugo se coloca junto a mí, pone su mano sobre mi espalda y la acaricia de abajo arriba y viceversa. Con los ojos perdidos en algún punto indeterminado del estuco azul de la pared, exhala una bocanada de humo.
–Quiero volver a verte. ¿Querrás volver a verme? –ahora sí me mira, y lo hace con tanta fijeza que experimento la misma sensación de mareo que la noche anterior me provocara el aguarrás.
–Claro, tonto, ¿cómo no voy a querer volver a verte?
Sebas llega con lo prometido y, de inmediato, los tres compartimos desayuno líquido y silencio. Cuando mi amigo presiente el momento del adiós, recoge el cristal y la loza y se escapa del salón con la excusa de adecentar la cocina. Al instante, Hugo me abraza y me besa como si se marchase al frente y sólo yo pudiera trasvasar al territorio de su pecho la paz que, en tiempos de guerra, le falta al mundo entero. Acto seguido, se levanta, se vuelve, me sonríe y se dirige a Sebas, que acaba de regresar.
–Sebas, ¿tú sabes cómo se llega a Burgos desde aquí?
–¿Trabajas en Burgos?
–No, es que para llegar a la oficina tengo que coger esa carretera.
Mi amigo indica la ruta solicitada al familiar de Sol, luego lo acompaña hasta la puerta y se despiden. Yo contemplo la escena hundida en el sofá, paralizada por la extraña sensación de haber escuchado a Holden Caulfield preguntar a un nuevo taxista adónde van los patos cuando el lago de Central Park se hiela.