El liviano efluvio de una aparición III
8 September, 2008
―Perdona, ¿nos conocemos? Llevo un rato mirándote y…
―Pues, no sé, antes te he visto en el salón de actos y me he preguntado lo mismo. Tu cara me suena. ¿Trabajas para Alejandra?
―No. Soy su hermano.
―¡Vaya!
―¿Y tú?
―No, yo no soy hermana de Alejandra.
―Jaja, muchas gracias por el dato. Me llamo Marcos.
―Encantada, Marcos.
―Encantado…
―Ella.
―¿Eres traductora?
―No, no exactamente.
―Entonces, ¿qué eres exactamente?
―Mercenaria.
―Dime que estás bromeando o me empezaré a poner nervioso.
―Jaja, no bromeo, pero no debes temerme. Soy una mercenaria en el campo de las letras, una francotiradora. Estoy en todos los frentes.
―Y ¿qué haces en el frente Multilingua?
―Para Multilingua actúo como una especie de franquicia muy humilde de la Real Academia de la Lengua.
―¡Ah! ¿Sí? ¿Y eso cómo es?
―En la agencia de tu hermana mi función principal consiste en limpiar y dar esplendor a traducciones poco atinadas.
―Oye, pues suena interesante.
―Bueno, cuando me toca trabajar textos literarios lo es. Ahora, si me las tengo que ver con tratados de medicina o documentos jurídicos, no te imaginas qué diversión. Y tú, ¿a qué te dedicas?
―Soy astrónomo.
―¿Astrónomo? ¡Venga ya! ¿En serio? ¿Te puedo encargar mi carta astral? Jaja, ahora sí estaba bromeando. De pronto te has puesto pálido.
―Es que me he asustado. A ti no te pega confundir la astronomía con la astrología. Me alegro de que haya sido un chiste.
―¿Dónde trabajas?
―Para mi desgracia, en ningún sitio que me permita pasarme el día pegado a un telescopio. Lo de la investigación es un lujo al alcance de unos pocos. Yo dirijo el departamento de ventas de una multinacional de telecomunicaciones.
―Vaya, ¿y qué vende un hombre de las estrellas desde un despacho de teleco?
―Minutos.
―¿Cómo? ¿Desde cuándo se puede vender y comprar tiempo?
―Verás, en realidad lo que hacemos es ofrecer minutos de telefonía al precio más competitivo posible. A diario celebramos subastas en las que pujan empresas de medio mundo. Por suerte, dejé de ejercer de broker hace un par de años. Ahora me dedico a conseguir nuevos clientes, viajar y cerrar tratos. Es un trabajo frenético, pero me gusta. Casi no llego a la conferencia. Venía directo de Barajas. Esta mañana he tenido que acudir a un congreso en Milán.
―Y ¿qué pasa con el cosmos? ¿No lo echas de menos?
―No, porque no lo he abandonado. Lo visito cada noche. Por cierto, ¿sabías que el 2009 será el año internacional de la astronomía?
Pues no, yo qué voy a saber eso. Lo único que sé es que me parece injusto que existas y no formes parte de mi vida, que los minutos vuelen a la velocidad de la luz en el ángulo muerto de esta terraza donde nos hemos instalado, que no pueda darte la mano y pedirte que me lleves ahora mismo a pasear por tu galaxia. Te invitaría a un asteroide de azúcar. Seguro que los vende algún satélite ambulante. Necesito conocer esos rincones del mundo por los que has transitado, todos los que mi retina ansía atrapar porque se encuentran congelados en la tuya. Quiero contemplar contigo el cielo limpio de Chile, ir a patinar a Central Park, practicar submarismo en las aguas rojas de Dahab. ¿Me concederías la licencia de obras pertinente para construirme un nido encima de ese remolino que traza una raya perfecta a la derecha de tu cráneo? Se avecina un crudo invierno, y no me valdrá cualquier sitio para guarecerme del frío helador que cala los corazones.
―¡Oh! Un sms de Alejandra. Disculpa. Dice que me ha buscado y que no me ha visto. Me espera en la puerta. Hoy es su cumpleaños. Tenemos celebración familiar.
―Pues que lo paséis muy bien.
―Ella, me ha encantado conocerte.
―Lo mismo digo.
―Bueno, dame dos besos.
―Hasta luego.
―Hasta luego.
Cuando me dirijo a buscar a Mara con la falta de gravidez propia de un astronauta en plena travesía espacial, escucho cómo alguien me llama:
―¡Ella!, no olvides escribirme.
Ante semejante invocación, detengo mi paso etéreo, me vuelvo y sonrío a Starman mientras acaricio la tarjeta de visita que contiene su mapa del tesoro.