Estoy en la postura adecuada, la que se me ha indicado ha de adoptarse para ejecutar un buen salto de cabeza. Soy genial adoptando posturas. Supongo que por eso me fue tan bien con el tango.
Mantengo los brazos extendidos delante de la cabeza, mano sobre mano, las piernas tensadas, el tronco inclinado levemente, los dedos de los pies sobresaliendo de la superficie los milímetros precisos para dejar pálida al agua con mi maestría de saltadora nata.
—Ella, ¿quieres no pensártelo más y saltar?
Ante las inoportunas interrupciones de mi monitor, rompedoras de la concentración requerida por cualquier artista que se sube a un escenario dispuesto a epatar a su público, descompongo la virtuosa pose conseguida, lo miro y le comunico que no lo puedo hacer, que he vuelto a bloquearme.
—¡Venga, Ella, salta! —me anima una compañera que acaba de detener su ritmo frenético de largos para apoyarme en el trance.
Cuando por fin me armo de decisión, escucho un grito a lo lejos:
—¡Anda, pero si es Calcetinitos! ¡Salta, sirenita, salta, que Santa Esther Williams te protege!
Paco, el tipo de la calle de al lado que no deja de bromear con todo el mundo en general y conmigo en particular, hace que me dé la risa y acabe cayendo de cualquier manera al agua. Una vez en tierra firme, me acerco a mi monitor.
—Voy para atrás como los cangrejos, Sergio.
—Desde luego, tú lo has dicho: como los cangrejos. ¿Cuándo te vas a enterar de que si te diese la gana te tirarías mejor que nadie?
Ya, pero el problema reside en que no me entero de eso. Me ocurre algo parecido a lo que me pasaba cuando las monjas pretendían que saltara al potro en el colegio. Me dejaban castigada un recreo sí y otro también en el gimnasio, con las manos apoyadas en el equino de cuero, botando sin llegar al otro lado, el de las niñas valientes, las mocosas triunfadoras: “Pero, Ella, ¿no ves que cuando saltas tus caderas sobrepasan la altura del potro?”, me decía sor Mercedes, y terminaba añadiendo: “Fíjate en Pilar. La pobre nunca lo conseguirá. ¿No ves que es incapaz de hacer volar sus caderas?”. Y entonces, ante argumento tan demoledor, ya sólo podía quedarme mirando a Pilar, pensando que ojalá yo también estuviera incapacitada genéticamente para actuar como se me solicitaba.
—¿Vas a intentarlo de nuevo? –me pregunta mi monitor mientras me coloco sobre el trampolín, pero yo no le contesto. Lo miro con seriedad y asiento con la cabeza.
Esta vez no me lo pienso. Aprieto fuerte los párpados y me entrego a la autoinmolación acuática. Al emerger a la superficie escucho los aplausos de mi profesor de nado junto con los de los curiosos que se han reunido en torno a él para disfrutar del espectáculo.
—Un nueve con cinco, Ella, un nueve con cinco. El próximo día tienes que ir a por el diez.
—¡Viva Calcetinitos! ¿No te dije que la Santa no abandona a sus sirenas?
Ante los ánimos de Sergio, que me muestra su pulgar derecho hacia arriba, y las tonterías de Paco, no puedo hacer otra cosa que sonreír llena de orgullo y alegría, pero sabedora del carácter efímero de mi victoria frente a cualquier tipo de salto al vacío.
En este momento vital, con mil asuntos pendientes jaleándome para que me arroje de una vez por todas al coso del circo romano en que se ha convertido mi existencia, dejo de inventarme excusas, doy un salto colosal y me coloco una vez más a este lado del espejo orgiástico.