Madrid es una fiesta

9 Diciembre, 2007

Fuegos artificiales

Cuando llego al café, te encuentro sentado en un rincón próximo al ventanal, echando un vistazo a la prensa. Desde la puerta, antes de que me descubras, me detengo a observarte. Me basta medio segundo para alegrarme al comprobar que no has cambiado, que sigues siendo el mismo de hace poco más de medio año, que no te has quitado la barba, que mantienes tu corte de pelo, que a una distancia tan lejana ya empiezas a olerme a lima, a azúcar, a ron blanco.
Me dirijo hasta tu mesa muy despacio, con paso silencioso, por la retaguardia. No quiero que escuches los tacones de mis botas, que sorprendas desarmada antes de tiempo a esta monalisa boba.
A unos centímetros de ti, me paro. Mientras me disculpo por haberme retrasado, me miras con ojos de niño dispuesto a apagar las velas. Al instante te levantas, me agarras por los brazos, me das un par de besos y restas importancia a mi demora.
Al escuchar un “¿qué tal todo?”, vuelvo a paladear la dulzura de tu acento, el amargor de tus pausas, la sazón irresistible de tu voz, y entonces la gioconda tonta se estremece sin dejar de sonreír, y al sentarse frente a ti adquiere plena conciencia de que esta tarde de diciembre Madrid es una fiesta, la misma que para Hemingway fuera una vez París.

Orgía cordobesa

5 Diciembre, 2007

El rorro de Ana vestidito para la ocasión el pasado 30 de noviembre.

Joaquín Pérez Azaústre, el padrino cordobés de la criatura.

Ana junto a Luis Llorente, uno de sus editores.

Dando las gracias a Joaquín al término de la presentación.

Charlando con un lector antes de dedicarle su ejemplar.

Tres orgiastas: Araceli, Antonio y José Luis. Que ellos se encarguen de revelar su identidad en esta bacanal si lo estiman oportuno.

El orgiasta Mirko (nombre real y también bacanalesco) y Ana.

Felicidad en estado puro.

Prisa

27 Noviembre, 2007

Llego al portal de casa cargada con bolsas de la compra y veo al anciano del sombrero metiendo la llave en la cerradura. Es menudo, camina encorvado y tiene ojos de galgo noble. Yo le calculo ochenta y muchos. Vive en mi misma planta, pero en el ala derecha, por lo que nunca coincidimos en el pasillo para darnos los buenos días o las buenas noches.
Mi apartamento se encuentra en un edificio de paso. La mitad del mismo pertenece a una inmobiliaria, de ahí que, a lo largo del año, no dejen de entrar y salir pateras cargadas de nuevos inquilinos.
Ignoro si el anciano es arrendatario o dueño de su casa, pero me consta que está solo. A veces lo he visto tendiendo ropa en su terraza con movimientos ralentizados, como si la vida hubiera decidido congelarlo y él, muy de tarde en tarde, lograra escapar de ese injusto modo pause a duras penas.
Las pocas ocasiones en que nos cruzamos, invariablemente, de la tierra de la compasión me brota un sentimiento de nieta solícita.

    –Hace buen día, ¿verdad? –le he dicho cuando subíamos en el ascensor.

Como respuesta me ha contado que venía del Hogar.

    –Vaya, qué bien. Eso es lo que hay que hacer: salir a pasear y entretenerse.
    –Allí tomamos café con leche y cuatro galletas –realiza un paréntesis. Se queda pensativo-: setenta céntimos, ya ves.
    –¡Anda! –la verdad es que no sé qué contestarle. Intento no comportarme lo mismo que esa clase de capullos que se dirigen a los niños como si fueran imbéciles.
    –Y un día a la semana tenemos bingo: quince céntimos.

No recuerdo la manera en que nos hemos despedido, sólo que, nada más entrar en mi apartamento, he soltado las bolsas en el recibidor y he agarrado el teléfono fijo con una bola de pelusas atascada en los pulmones. Afortunadamente, al otro lado descuelga quien debía hacerlo.

    –¿Papá? ¿Qué pasa? ¿Cómo estás?
    –Aquí, tirando, como siempre. Tengo poco que contarte. Como hablamos todos los días…

Cuando me marché de casa, el teléfono se transformó en el único aparato imprescindible para mi supervivencia cotidiana. Las voces con las que pasé gran parte de mi vida discutiendo se convirtieron, de la noche a la mañana, en balones gigantes de oxígeno que me ayudaban a seguir remolcando la caravana de una jornada más.

    –Te paso con tu madre ¿no?
    –No, déjalo, dentro de un rato la llamo. Ahora tengo algo de prisa.

Y sí, tengo prisa, mucha prisa, prisa por llorar a solas, prisa por compadecerme de mí misma tanto como del anciano del sombrero.

One more time

21 Noviembre, 2007

Queridas y queridos:

Medio año después seguimos de fiesta bacanalesca con Ella y La orgía perpetua.
Al igual que ya ocurriera el pasado 25 de mayo en Madrid, será estupendo seguir repartiendo y recibiendo besos y abrazos en Córdoba.
En esta ocasión, el padrino de la criatura será el escritor Joaquín Pérez Azaústre, y el rebautizo civil tendrá lugar en la librería Beta.

Os esperamos.

Muñequita Linda

12 Noviembre, 2007

Mala Persona llegó a casa a las 21:35. Muñequita Linda llevaba dos horas esperándolo. Iban a celebrar su primer aniversario de pareja extraoficial.
Durante ese tiempo, Muñequita Linda se dedicó a darse otra capa de rojo en las uñas de los pies y de las manos, cambiarse siete veces de vestido y ropa interior a juego, fumarse trece cigarrillos, tomarse tres gin tonics, encender el televisor veintinueve veces y apagarlo veintiocho, pasar por el excusado en diez ocasiones, realizar cuatro llamadas telefónicas y recibir dos, escribir y hacer pedazos cinco borradores de amor-mío-esto-se-acabó-yo-no-puedo-seguir-así, lanzar quince maldiciones contra Mala Persona y treinta contra la mujer de éste y redactar una carta de ruptura inaplazable.
Cuando Mala Persona entró en su segundo hogar con una sonrisa cortándole el rostro, un ramo de narcisos en la mano izquierda y un nena estás preciosa en el abismo de los labios, Muñequita Linda arrugó dentro de uno de sus puños la misiva elaborada en el último minuto, se abalanzó sobre su cuello, le dijo que era un chico malo y lo condujo a empujones hacia la habitación.

Mi mano

29 Octubre, 2007

Ésta es mi mano congelada por sorpresa
mi mano en una chocolatería
mi mano soñadora
mi mano consentida
mi mano dame un beso
mi mano mírame
mi mano entre tus dientes
mi mano estuvo bien.

La terminal nº 2

23 Octubre, 2007

La mujer echó en la cesta tres velas y una lata de comida para gatos.
La cajera de la terminal nº 2 tenía los ojos llorosos.
La mujer llegó a la caja y puso sus artículos sobre la cinta transportadora.
La cajera le comunicó el total de la compra realizada sin mirarla.
La mujer sacó una flor del bolsillo de su abrigo para efectuar el pago.
La cajera le dijo a la mujer que en esa superficie sólo se admitía moneda de curso legal.
La mujer metió la mano en el otro bolsillo del abrigo y sacó una estrella de mar.
La cajera informó a la mujer de que no tenía cambio para dicho importe.
La mujer desabotonó su mochila multicolor de macramé y sacó un frasco que contenía todas las carcajadas de una tarde de circo.
La cajera aceptó el pagaré y entregó a la mujer una sonrisa junto con su ticket.
La terminal nº 2 no cuadró ese día.

El kiwi

10 Octubre, 2007

Hombre desnudo de espaldas

    –¡Venga ya! Tú estás de coña.
    –Que no, que no te miento, Carmen: me pidió un kiwi, lo peló y se lo comió tan feliz.
    –Mira que me han pasado cosas raras con los tíos que he subido a casa, pero esta historia del kiwi no tiene precio.
    –Primero me preguntó si tenía un yogur, entonces le dije que creía que sí, que me dejase mirar. Cuando lo saqué y vio que era de muesli, se dejó caer con que si no lo tenía natural. Debe de ser objetor de conciencia de productos 0,0. El muy canijo…
    –¿Y prefirió un kiwi a un yogur de muesli a las tres de la mañana?
    –Yo no daba crédito. Se quedó allí, plantado frente a la nevera abierta, escaneando lechugas, tarros y botellas. Después de localizar la bandeja de los kiwis, me preguntó si podía comerse uno.
    –Y habíais estado cenando… ¿No soltaste una carcajada?
    –Pues no. Me quedé tan patidifusa que no me salió la risa.
    –¿Entonces?
    –Le dije que claro, que podía comerse lo que quisiera. A mí, con tal de que me dejara en paz y se marchase pronto… Así que rompí el plástico del envoltorio, saqué la pieza más madura, se la puse sobre un plato, le entregué los cubiertos que me pidió y le di una servilleta.
    –Joder, tía, es que es flipante.
    –Y tanto. Allí tenía a aquel tipo, sentado en mi sofá, con el plato sobre la mesa auxiliar, comiéndose su kiwi como un rey. El tío es el fernando alonso del manejo de la cubertería.
    –¿Y tú qué hacías?
    –Observarlo, escucharlo y preocuparme.
    –¿Preocuparte?
    –Sí, preocuparme: mientras se encargaba de la fruta, me empezó a hablar de la pulmonía que casi se lo lleva por delante a los nueve años, y de los regletazos en las palmas de las manos que le propinaban los curas del colegio, y entonces me di cuenta de que empezaba a enternecerme.
    –Jaja, ¡qué fuerte lo tuyo!
    –De pronto no me podía creer lo que me pasaba. Le había estado dando largas durante toda la noche a aquel tipo, y en cuestión de segundos un puto kiwi y el relato de una infancia a lo Charles Dickens me estaban llevando al huerto, nunca mejor dicho.
    –Entonces, ¿te lo tiraste?
    –Prefiero no responder a esa pregunta, ¿o hace falta que lo haga?
    –O sea, que te lo tiraste.
    –Mira, por si te interesa, te diré que no pienso volver a verlo. Me he propuesto seriamente hacer voto de castidad por un tiempo. Ya he hablado de esto mismo con el novio de Sebas. Me tomaré lo del kiwi como un pequeño obstáculo en mi virtuoso camino, y te aseguro que de ahora en adelante no permitiré una sola interferencia.

A pesar de los pesares

4 Octubre, 2007

Finales de agosto de 2007

Sebas y David me acaban de dejar en casa con no sé cuántos daiquiris entre pecho y espalda. Les he preguntado si querían subir a cenar algo, pero me han dicho que no: tenían que arreglar sus cosas.
Sebas y yo somos amigos desde hace poco más de un año, pero lo quiero como si nos conociéramos desde hace un siglo. Nos vemos mucho menos de lo que me gustaría, aunque siempre que lo necesito aparece dispuesto a regar mis penas con daiquiris y sacudirme la tristeza a base de tortitas con nata y chocolate.
Hoy lo he llamado para saber qué hacía esta noche, por si le apetecía venirse a dormir a casa, y me he echado a llorar como una idiota. Entre hipidos, le he dicho que me voy de Madrid por un tiempo, y que puede que cuando consiga aclararme las ideas lo haga definitivamente, que no aguanto más esta jodida ciudad, que mis vecinos cabrones y su puta perra no me permiten descansar, que mi proyecto empresarial es un fiasco, que el último moscardón que se ha colado en mi vida ha renacido de sus cenizas a mi costa y ahora me escupe a la cara, como suele sucederme en estos casos.
Sebas me cuenta que iba a pasar la noche con su chico, pero que le apetece verme.

    –No, no quiero interrumpir nada. Ya quedamos otro día.
    –Pero, ¿serás boba? Venga, empieza a pintarte el ojo que en media hora estamos ahí.

Dicho y hecho. Mi príncipe y su consorte me recogen en la puerta de casa, me suben a su carroza y me conducen hasta un palacete de Chueca, donde, tras las volutas de humo de los cigarrillos que encadena sin descanso, David se sincera conmigo: “Algunos debemos de llevar un letrerito en la frente con el lema ONG sin fronteras: felpudo a domicilio. A mí me pasa igual que a ti”.
Los hombres hetero me asquean. No quiero saber nada de ellos. Por un tiempo indefinido sólo deseo emborracharme con mis niños del ambiente, que se preocupan por mí sin segundas intenciones y me hacen reír a lo bestia.
“Ayer me levanté con el firme propósito de hacer voto de castidad por un tiempo”, le digo a David. Él es muy celoso. A la altura del primer daiquiri, me entero de que Sebas y él han roto, supuestamente, la noche anterior. “Es que aquí, el muchacho, tiene un serio problema: en ocasiones ve hombres, hombres que me miran y a los que miro y que me siguen hasta los lavabos del garito en el que estemos”, me cuenta Sebas con un sentido del humor que se le agudiza en los momentos clave. David le dirige una mirada de asco y, al segundo, intenta besarlo. Sebas elude el amago reconciliador con un histrionismo de lo más cómico. Mientras David asegura comprender mis aspiraciones castas, su chico nos observa en silencio y se sonríe.
Madrid es dura en agosto. Madrid es áspera siempre.
No sé cómo ni por qué, pero el nombre de Roberto se cuela en la conversación.

    –¿Sabes? Después de dos meses volví a encontrarme un correo suyo de dos líneas en el que me decía que estaba escribiendo y que se había acordado de mí, y que esperaba que todo me estuviera yendo bien, porque ya no me leía en el blog.
    –¿Ves como volvería a aparecer? –me dice Sebas.
    –Sí, claro, pues le respondí y, como es costumbre en él, no me ha contestado.
    –Porque será del tipo tímido, chica.
    –Sí, es de un tímido que tira para atrás. Roberto es el tipo de tío ante el que tendría que salir corriendo. Y encima es más joven que yo.
    –¿Cuánto? –interviene David.
    –Cuatro años.
    –¡Ja! Pero, nena, ¿tú en qué mundo vives? Vamos, vamos. Vaya diferencia: ¡cuatro años!

Sebas aprovecha mi conversación paralela con David para cambiarme el vaso vacío por otro lleno.

    –¡Oye, tú!, que estoy borracha. Deja de arrimarme copas. Mira que se me empieza a ir la pinza y le mando un sms a Roberto.
    –Venga.
    –Jaja, ¿tú estás loco?
    –¿Y qué tendría de malo?
    –Tío… ¿Cómo voy a mandarle un mensaje? Bueno, vale. Yo ya estoy peor que tú. Le pondré cualquier gilipollez y al final le confesaré que estoy borracha.
    –Vamos, ni se te ocurra. Uno tiene que responsabilizarse de sus actos y no echarle la culpa al alcohol.
    –Sebas, es que, en este caso, el alcohol es el culpable absoluto de mi sms.

Redacto el mensaje de texto y se lo enseño a mi amigo. Quiere comprobar que se encuentra en la bandeja de enviados: “Hola, tú te acordaste de mí mientras escribías. Yo te recuerdo tomando daiquiris. Un besito”.
A los cinco minutos suena el móvil. “Ahí lo tienes”, me dice Sebas, encantado.

    –Sí, que te lo has creído tú –acabo de comprobar quién hace la llamada–. Es un ex amante madurito. ¡Menudo triunfo!

Principios de octubre de 2007

Sebas y David no se han desenamorado. Yo regresé a Madrid (jamás cumplo una amenaza). Del XY daiquiri nunca más se supo. A pesar de los pesares, hoy no podría escribir posts tristes.

Saltos

23 Septiembre, 2007

    —¡Sal-ta!

Estoy en la postura adecuada, la que se me ha indicado ha de adoptarse para ejecutar un buen salto de cabeza. Soy genial adoptando posturas. Supongo que por eso me fue tan bien con el tango.
Mantengo los brazos extendidos delante de la cabeza, mano sobre mano, las piernas tensadas, el tronco inclinado levemente, los dedos de los pies sobresaliendo de la superficie los milímetros precisos para dejar pálida al agua con mi maestría de saltadora nata.

    —Ella, ¿quieres no pensártelo más y saltar?

Ante las inoportunas interrupciones de mi monitor, rompedoras de la concentración requerida por cualquier artista que se sube a un escenario dispuesto a epatar a su público, descompongo la virtuosa pose conseguida, lo miro y le comunico que no lo puedo hacer, que he vuelto a bloquearme.

    —¡Venga, Ella, salta! —me anima una compañera que acaba de detener su ritmo frenético de largos para apoyarme en el trance.

Cuando por fin me armo de decisión, escucho un grito a lo lejos:

    —¡Anda, pero si es Calcetinitos! ¡Salta, sirenita, salta, que Santa Esther Williams te protege!

Paco, el tipo de la calle de al lado que no deja de bromear con todo el mundo en general y conmigo en particular, hace que me dé la risa y acabe cayendo de cualquier manera al agua. Una vez en tierra firme, me acerco a mi monitor.

    —Voy para atrás como los cangrejos, Sergio.
    —Desde luego, tú lo has dicho: como los cangrejos. ¿Cuándo te vas a enterar de que si te diese la gana te tirarías mejor que nadie?

Ya, pero el problema reside en que no me entero de eso. Me ocurre algo parecido a lo que me pasaba cuando las monjas pretendían que saltara al potro en el colegio. Me dejaban castigada un recreo sí y otro también en el gimnasio, con las manos apoyadas en el equino de cuero, botando sin llegar al otro lado, el de las niñas valientes, las mocosas triunfadoras: “Pero, Ella, ¿no ves que cuando saltas tus caderas sobrepasan la altura del potro?”, me decía sor Mercedes, y terminaba añadiendo: “Fíjate en Pilar. La pobre nunca lo conseguirá. ¿No ves que es incapaz de hacer volar sus caderas?”. Y entonces, ante argumento tan demoledor, ya sólo podía quedarme mirando a Pilar, pensando que ojalá yo también estuviera incapacitada genéticamente para actuar como se me solicitaba.

    —¿Vas a intentarlo de nuevo? –me pregunta mi monitor mientras me coloco sobre el trampolín, pero yo no le contesto. Lo miro con seriedad y asiento con la cabeza.

Esta vez no me lo pienso. Aprieto fuerte los párpados y me entrego a la autoinmolación acuática. Al emerger a la superficie escucho los aplausos de mi profesor de nado junto con los de los curiosos que se han reunido en torno a él para disfrutar del espectáculo.

    —Un nueve con cinco, Ella, un nueve con cinco. El próximo día tienes que ir a por el diez.
    —¡Viva Calcetinitos! ¿No te dije que la Santa no abandona a sus sirenas?

Ante los ánimos de Sergio, que me muestra su pulgar derecho hacia arriba, y las tonterías de Paco, no puedo hacer otra cosa que sonreír llena de orgullo y alegría, pero sabedora del carácter efímero de mi victoria frente a cualquier tipo de salto al vacío.
En este momento vital, con mil asuntos pendientes jaleándome para que me arroje de una vez por todas al coso del circo romano en que se ha convertido mi existencia, dejo de inventarme excusas, doy un salto colosal y me coloco una vez más a este lado del espejo orgiástico.