¿Adónde van los patos? II

17 January, 2008

El desfile de invitados comenzó hace un rato. En el aire flota un aroma dulzón a resaca y orfandad. A las tres de la mañana, me dirijo al consejo de sabios, que anda comiéndose la boca en la cocina entre los restos del festín.

―Chicos, que el primo de Sol me ha dicho que quiere quedarse a dormir conmigo.
―Fenomenal, Ellita, ¿no? Parece majísimo ―me dice Sebas.
―Tío, tengo que frenar este desbarre que me traigo últimamente.
―Pero ¿por qué tienes que frenar nada? ―me pregunta David.
―Porque, después de una época de relativa calma, me estoy embalando otra vez.
―A ver, ¿estás con alguien? No. ¿Eres una reprimida? No. ¿Existe alguna ley que prohíba que una mujer en pleno uso de sus facultades y con ganas de pasarlo bien disfrute?
―No ―me anticipo a David, sonriendo y moviendo la cabeza con resignación―. Si todo eso ya lo sé.
―¿A ti el tipo te gusta? ―ahora es Sebas quien pregunta.
―¡Puf! Yo qué sé. Supongo que sí. Me gusta hablar con él, cómo me mira, las cosas que me cuenta, lo cariñoso que es… Vale, también lo bueno que está, pero, joder: tiene siete años menos que yo. Nunca me he enrollado con alguien tan joven.
―¡Y dale con los años! Pues vaya tontería. Fíjate en este elemento ―Sebas dirige la mirada a David―. Tiene la misma edad que tu pimpollo, y cualquiera diría que es su hermano pequeño. Ese bombón parece mayor, te lo aseguro. Y más que tú, ni te cuento, con esa cara de niña y todas tus cositas tan bien puestas ―mi amigo me hace un guiño.
―Si fuese por edades, ya me dirás tú a mí qué coño hago yo con el abuelo cebolleta. Trece años más que el menda ―David señala a su amado con el dedo y le saca la lengua. Sebas se precipita sobre él para succionársela.
―Chicos, esto es un desparrame. Voy a ver qué dice Sol.

Me adentro en el salón, que ya está a oscuras. Nuestra amiga le deja su cama a los tortolitos –no hay ganas de soplar boquilla de alcoholímetro― y a mí me instala en una habitación pequeña de invitados ―han fumigado el edificio donde vivo y no deseo morir intoxicada mientras duermo―. La polvera la llama, prefiero no preguntar por qué. Es tan generosa que no consiente que ninguno de nosotros duerma en el sofá: “Que no, que aquí me acuesto yo, que soy la que más madruga”.

―Sol ―susurro mientras los ojos de las palmas de mis manos observan cada mueble con cautela para evitar un traspiés―, ¿estás despierta?
―Sí, dime ―la sombra de mi amiga se incorpora y se recorta al fondo, con la luz de la luna violando la terraza acristalada. Viene hacia mí.
―Que Hugo dice que quiere quedarse a dormir conmigo.
―Pues tú misma. Lo que tú quieras, pero sé clara con él. Está coladito por ti desde que te vio en las fotos de mi cumpleaños.
―¿Éste es tu primo aquel del que me hablaste?
―Sí.
―O sea, que ya sabía quién era yo cuando me ha dado el pincel… Pero ¿no me dijiste que era un crápula?
―Que le gustan mucho las tías. Bueno, chica, tú verás. Venga, dame un beso de buenas noches, que mañana tengo que levantarme temprano.
―Por favor, Sol, no te acuestes en el sofá. Vete a la polvera, así me quedo aquí con Hugo y no puede pasar nada.
―¿Aquí no puede pasar nada? Venga, venga, Ella, que las siete de la mañana están cada vez más cerca y a ti la falta de sueño te hace decir tonterías.

Suena el telefonillo. Lo cojo. Es Hugo. Me pide que le abra. Dice que sube, que ya ha aparcado bien el coche. De nuevo, me voy directa al consejo de sabios.

―Chicos, que está subiendo.
―Nena, no seas tonta. Tú dale gusto a ese cuerpo y que te quiten lo bailao ―magister Sebas dixit.

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