Agotamiento
1 Julio, 2007
El agotamiento es mal amigo y peor consejero, y yo vivo extenuada desde hace demasiado, sin tiempo para darme cuenta de lo que en realidad deseo, sin esa calma que permite la desconexión de necedades y desprecios, sin resuello mental para centrarme en lo que verdaderamente importa.
Desconozco adónde me marcharé por un período dilatado. El cartel de Vacaciones en Roma no es otra cosa que una excusa para volver a rendir culto a una pareja de ilusos convencidos de que, a lomos de una vespa, conseguirán escapar de las fauces de un rottweiler llamado Realidad.
Ignoro si me encerraré en mi apartamento con una botella de crema irlandesa y un documento de Word en blanco, si tomaré el Transiberiano para perderme en las estepas del olvido, si descenderé al averno del mundo laboral en busca de un empleo tan alienante como alimenticio, o si me marcharé a la ciudad de la fotografía para alquilar un velocípedo con cintura incluida a la que aferrarme.
Quién sabe lo que haré. A fecha de hoy, mi única grandeza reside en el convencimiento de que dirijo mi existencia con vocación de regente absoluta y que, por lo tanto, nadie se atreverá a prohibirme actuar en un sentido u otro sin temer, con fundamento, el latigazo de mi furia sobre su osadía.
Huelga que os haga saber que estáis en vuestra casa, un lugar donde podéis hacer y deshacer a vuestro antojo. Aquí y en este instante os dejo mi permiso manifiesto para reposar los pies en la mesa auxiliar del salón, andar por el jardín desnudos y saltar sobre las camas.
Volveré, no os quepa duda. Me hacéis mucha más falta de lo que imagináis. Hasta entonces, sólo os pediré un favor bien grande: no os olvidéis de esta orgía ni de su anfitriona.












