Agotamiento

1 Julio, 2007

El agotamiento es mal amigo y peor consejero, y yo vivo extenuada desde hace demasiado, sin tiempo para darme cuenta de lo que en realidad deseo, sin esa calma que permite la desconexión de necedades y desprecios, sin resuello mental para centrarme en lo que verdaderamente importa.
Desconozco adónde me marcharé por un período dilatado. El cartel de Vacaciones en Roma no es otra cosa que una excusa para volver a rendir culto a una pareja de ilusos convencidos de que, a lomos de una vespa, conseguirán escapar de las fauces de un rottweiler llamado Realidad.
Ignoro si me encerraré en mi apartamento con una botella de crema irlandesa y un documento de Word en blanco, si tomaré el Transiberiano para perderme en las estepas del olvido, si descenderé al averno del mundo laboral en busca de un empleo tan alienante como alimenticio, o si me marcharé a la ciudad de la fotografía para alquilar un velocípedo con cintura incluida a la que aferrarme.
Quién sabe lo que haré. A fecha de hoy, mi única grandeza reside en el convencimiento de que dirijo mi existencia con vocación de regente absoluta y que, por lo tanto, nadie se atreverá a prohibirme actuar en un sentido u otro sin temer, con fundamento, el latigazo de mi furia sobre su osadía.
Huelga que os haga saber que estáis en vuestra casa, un lugar donde podéis hacer y deshacer a vuestro antojo. Aquí y en este instante os dejo mi permiso manifiesto para reposar los pies en la mesa auxiliar del salón, andar por el jardín desnudos y saltar sobre las camas.
Volveré, no os quepa duda. Me hacéis mucha más falta de lo que imagináis. Hasta entonces, sólo os pediré un favor bien grande: no os olvidéis de esta orgía ni de su anfitriona.

Tarjeta de embarque

21 Junio, 2007

El azafato se aproxima a mi asiento. En esta ocasión me tocó pasillo. Desde esa atalaya donde únicamente se pueden situar los seres mitológicos, me observa. El avión no ha despegado todavía. Está calentando motores. Como una torre Kio, el auxiliar de vuelo se inclina sobre mí, acerca sus labios a mi oído izquierdo y, sin llegar a rozar el lóbulo de mi oreja, me abrasa los sentidos con una voz que intuyo modulada a golpe de arrebatos: “Disculpe, señorita, ¿sería tan amable de concederme este vuelo?”.
Y cómo no concedérselo. Siempre me fascinaron los tipos altos y flacuchos de aspecto saludable. Éste tiene pinta de haber merendado en el campo casi todos los domingos de su infancia. De lo contrario, su rostro no atesoraría la luz de mil atardeceres.

Aterrizamos hace rato, pero yo sigo volando. A bordo de esta cama alcanzaré, sin problemas, la bóveda celeste del techo de la habitación. Me niego a abandonar mi nave supersónica. No quiero poner los pies en un asqueroso aeropuerto. Necesito, cuanto antes, otra tarjeta de embarque. Al mirar los ojos que me miran, elevo una plegaria a la Señora de los desmemoriados: “Dios te salve, reina y madre, patrona de los amnésicos. Sólo te pido, virgencita, que cuando pise tierra firme un jet lag envidioso no me expolie la memoria”.

Un solo abrazo

15 Junio, 2007

Por las mañanas, lo único que debería presentarse cargado es el café que vertemos, aún dormidos, en tazas con el centro de su ser lleno de grietas. Sin embargo, hay días que amanecen espesos de tristeza, con la capacidad de encapotarnos la objetividad, de hacer que nos creamos poco menos que un rastrojo humano. Hoy ha sido para mí una de esas jornadas, y la he sobrellevado lo mejor que he podido, o sea, bastante mal, o lo que es lo mismo: no la he sobrellevado.
Antes de irme a la cama, varios archivos fotográficos adjuntos a un correo entrante en el buzón bacanalesco me han salvado del enésimo naufragio, y entonces he advertido que sigo sumergida en la resaca, y que no una sino mil depresiones posparto creativo valen la pena si detrás de ellas hay un solo par de ojos, una sola sonrisa, un solo abrazo parecidos a los de cada orgiasta que hace ahora tres semanas quiso acompañar en la presentación de su primer libro a una autora de nombre capicúa.

Librerías orgiásticas

10 Junio, 2007

Te hacen de papel, te ponen a la venta e, incomprensiblemente, los numerosos lectores interesados en adquirirte no pueden comprarte.
En fin, como no dejáis de mandarme correos preguntándome dónde podéis conseguir Ella y La orgía perpetua, os paso un listado de las librerías que, se supone, deberían tener el libro. Son todas de Madrid, pero en Córdoba y Sevilla también será fácil adquirirlo. A quienes vivís fuera de la capital, os recomiendo la compra online (ya está puesto el enlace) o que le encarguéis los ejemplares a vuestros libreros. Para esto último, necesitaréis los datos del distribuidor:

Carrasco Libros, SL. El Álamo, 23. Pol. Ind. El Álamo (28970) Humanes, Madrid. Tel: 91 569 16 00/08
Fax: 91 565 20 41
Mail: carrasco-libros@terra.es

Las librerías son las siguientes:

Casa del Libro
FNAC (clasificado en literatura erótica)
El Corte Inglés (diversos centros)
Librería Antonio Machado (C/ Fernando VI, 17 y C/ Marqués Casa Riera, 2)
Librería Fuentetaja (C/ San Bernardo, 35)
Librería Gaztambide (C/ Gaztambide, 6)
Librería Méndez (C/ Ibiza, 23 y C/ Hacienda de Pavones s/n)
Librería Salamanca (C/ Libreros, 14)

Gracias por el interés, el apoyo y el cariño incondicional que cada día le demostráis a la regente de esta bacanal.

A pecho descubierto

3 Junio, 2007

Casi no nos conocemos, pero ya me gusta más que trasnochar, más que un daiquiri helado con lima troceada y mucha azúcar, más que tatuarme en negro la raya inferior del párpado cuando salgo a la caza y captura.
Y todo esto me ocurre por traspasar el portón de la presente bacanal a pecho descubierto: te visten de papel y te maquillan con tinta y te suceden cosas con las que ya no contabas, esa clase de cosas con las que ni siquiera te atrevías a soñar.

La orgía de Nietzsche en imágenes

28 Mayo, 2007


En el escenario, de izquierda a derecha: Luis Llorente, Javier Sagarna, Ana Muñoz de la Torre y Alfonso Fernández Burgos.


Después de soltar el micro, feliz y emocionada, junto a sus mejores amigas.


Firmando ejemplares.


En Nietzsche no cabía un alfiler.


Uno de los asistentes se acerca a Ana y la felicita por la presentación.


Dedicándole su ejemplar al orgiasta Elfer.


Firma que te firma (dos horas de reloj dándole al bolígrafo).


Ana con el orgiasta Carlitos Reina, que tomó el puente aéreo Hispalis-Nietzsche para darle una feliz sorpresa.


Hablando con uno de sus alumnos de escritura, Ángel (más majo…), mientras le dedica su ejemplar.


Contestando a las preguntas de Roger, un chico encantador que apareció por sorpresa y que aguantó estoicamente hasta el final para entrevistarla.

PD: El libro esta ya en las librerías. Quienes viváis en Madrid también podéis comprarlo en la caseta número 8 de la cuesta de Moyano. Para los que os encontráis al otro lado del charco (o a éste, pero fuera de la capital), en breve pondré enlaces, por si deseáis adquirirlo vía Internet. Y a quienes me habéis preguntado si os lo puedo enviar dedicado, acabo de saber que no habría ningún problema, pero escribidme un correo, claro.

Orgía perpetua en Nietzsche

15 Mayo, 2007

Ya tenemos sitio, hora, fecha y las ganas desatadas para llevar a cabo la presentación bacanalesca de Ella y La orgía perpetua.
En breve recibiréis las invitaciones.
El viernes 25 de mayo, a las 20:00 h, en un garito de nombre nihilista, correrán el desparrame, las risas y las copas.

Un año de amor

7 Mayo, 2007

Faulkner me llama para decirme que se marcha a pasar una temporada a Berlín. Él es alemán, hijo de padre español y madre teutona. Aunque no tiene plantas que regar, insiste en que me pase por su casa y me quede con un juego de llaves.

    —Me gustaría que, de vez en cuando, vinieras por aquí, cogieras de la estantería uno de tus libros preferidos, y te sentaras en este sofá a leer —apoyo el brazo izquierdo en el hombro del sofá mencionado, me llevo la mano a la frente, aprieto los labios y cierro los ojos—. Te dejo la nevera llena de latas de Coca-Cola. Adicta, más que adicta, y la despensa repleta de todas las guarradas que te gustan. Anda, ven aquí. Dame un abrazo.

Hernán agarra mi mano derecha y me atrae hacia él. Estoy llorando con el mismo llanto silencioso que mi amor imposible entonase la madrugada que me contó que no podía soportar sentirse tan vivo sabiendo que Violeta estaba muerta.

    —Ellita indisciplinada. Mi niña caótica. Por favor, sigue escribiendo. No me abandones la orgía. Ahora menos que nunca. Si algún día te apetece, te coges un avión y vienes a visitarme. Aunque eso tiene un riesgo: le encantarás a mi madre, y a ver cómo le explico que somos un par de gilipollas.

Ante esa afirmación, no puedo evitar la risa en medio del festival de lágrimas y mocos.

    —Cuando vuelva, me pasaré sin avisar por Un año de amor para pillarte in fraganti, y espero encontrarte tal y como eres: contestona y contenta.

Faulkner bautizó mi apartamento Un año de amor la primera vez que lo pisó. En el dormitorio, acababa de colgar unas cortinas de cuentas aguamarina para separar ambientes. Una boa de plumas roja serpenteaba en el perchero.

    —Ellita, esto me recuerda la película esa de Almodóvar en la que Miguel Bosé hace un playback de una canción de Luz Casal —me dijo entonces.
    Un año de amor—añadí—. La canción se llama Un año de amor.

Cuando la lógica diría que llegó el momento de la despedida, le pido a Hernán que me lleve hasta su cama. No concibo otra manera de pronunciar un hasta pronto.

Cálido y picante III

30 Abril, 2007

“Me tienes acojonado, Ellita: tan clara, tan oscura, tan lista, tan pequeña. Eres una niña blanca que bebe Fanta de naranja con pajita en una terraza. Sólo te saco seis años, y contigo entre los brazos me siento un viejo verde, tan, pero que tan obsceno… Y no sé lo bien o lo mal que suena lo que te estoy diciendo, pero te aseguro que me encanta. De ahora en adelante, en lugar de Faulkner, llámame Nabokov.”
Ése era el tipo de cosas que, en los primeros tiempos de nuestro delirio común, me dedicaba aquel amor mío raro como una ortiga roja para, a continuación, agarrar el cilicio del remordimiento y caer en una especie de ataque de ansiedad, al pensar que estaba traicionando la memoria de Violeta.
Una madrugada, tras horas de desenfreno, Hernán me confesó que no podía soportar sentirse tan vivo, alimentarse de la vida que yo irradiaba, sabiendo que Violeta era un puñado de cenizas en el fondo de un océano. Aquel discurso lo pronunció llorando, igual de roto que una madre que acaba de visitar la zona cero de donde las fuerzas de seguridad han rescatado los jirones de su hijo. Ni antes ni después he visto llorar a un hombre de esa forma. Ni antes ni después he amado tanto a nadie.
Al poco tiempo de aquella revelación, sin previo aviso ni anestesias, Hernán comenzó a poner en práctica una estrategia que bien podría haber titulado Frenemos en seco el entusiasmo de una ilusa.
A su entender, me estaba convirtiendo para él en algo parecido a un campo de minas: le aterraba que, al mínimo paso que diera hacia mí con la guardia bajada, le estallase mi entusiasmo, mi amor, mi devoción.

    —Todo resultaría más fácil si fueses menos intensa. ¿Tú crees que podrías esforzarte en poner menos pasión a todo esto? —me preguntó.

En lugar de mandarlo a la mierda, como se merecía, respondí a su ofensiva cuestión alegando que trataría de actuar tal y como me pedía. En ese instante, me hice el firme propósito de transformarme en una indolente a los ojos del otro. Ya podían patearme el culo con unas botas de clavos en presencia de Hernán, que yo no rechistaría. Por él procuraría no sonreír tan a menudo, no emitir una sola carcajada, no contarle lo mucho que lo quería, no decirle lo guapo que estaba con este jersey o aquella camisa. La negación personificada, ésa sería yo en su honor. Me impuse dicho objetivo, pero fracasé en mi empresa como un tritón testarudo que intenta vestir su cola acuática con unos vaqueros de pernera humana.
Por aquella época necesité a Hernán tanto como un diabético precisa su chute diario de insulina. Sin embargo, cuanto más requería mi dosis de él para poder seguir viviendo menos generoso se mostraba con el suministro.
Cuando entendí que a Teseo le molestaba la existencia de Ariadna porque no tenía intención alguna de escapar del laberinto del pasado, solté la madeja que me mantenía unida a él.
Un día Hernán reapareció rogándome comprensión. Me dijo que no podía más, y me contó que se volvía a Mallorca a intentar zurcirse el alma. No me pidió que lo esperase, no obstante, durante un año largo elegí tejer y destejer, y lo hice hasta que se me llagaron las yemas de los dedos y el hilo, teñido de rojo, se volvió inservible. A su regreso, me propuse darle otra oportunidad, o dármela a mí misma, qué sé yo, pero para entonces ya no pude soportar la incertidumbre de la espera las veces que aquel desconocido se ausentaba a resolver cualquier asunto cotidiano.

Cálido y picante II

22 Abril, 2007

Faulkner me invitó a su casa a tomar té de jengibre. La semana anterior habíamos leído en clase un relato de Melville titulado Bartleby el escribiente, donde se aludía a unos bizcochos de los que el protagonista se alimentaba en exclusiva, y que contaban entre sus principales ingredientes con la raíz oriental mencionada. Esa noche, en el garito de siempre, le confesé que, aunque era muy posible que hubiese probado en alguna ocasión el sabor cálido y picante –así se describía en la narración– del jengibre, no lo recordaba, y que me moría por paladearlo. Él me dijo que, en tal caso, estaba obligado a invitarme a su casa a tomar té de jengibre, bebida que en su dieta cotidiana sustituía al café desde que regresara de un viaje al Tíbet varios meses atrás. La revelación de aquel dato me dejó impresionadísima. ¿Qué se le habría perdido a él por tierras de lamas?
Ante dos tazas del brebaje prometido, en su pequeña buhardilla, Hernán me acarició el rostro e hizo amago de besarme. Yo, con el instinto aguzado de los supervivientes de cualquier cataclismo, me retiré justo a tiempo de impedírselo.

    –¿No me dejas que te bese? –dueña de una timidez desconocida, me limité a mantener la mirada baja y a sonreír a modo de respuesta–. No voy a engañarte. Seré muy sincero contigo: me gustas como no recordaba que alguien pudiera gustarme –ante esa revelación, alcé mis ojos a la altura de los suyos sin dejar de apretar entre mis labios la sonrisa primigenia–, pero quiero que sepas que no me siento preparado para mantener ninguna relación que lleve implícito el término mañana.

Aquella apostilla final me hundió en el desconcierto. De inmediato, Hernán continuó su soliloquio advirtiéndome que sería muy claro en lo que tenía que proponerme. Con él podría escoger uno de dos caminos: una buena amistad, porque le parecía una chica inteligente e interesante, o algo más profundo, porque me deseaba, aunque, eso sí, sin ningún tipo de ataduras. No compromisos, no futuro.
Dos meses antes había llegado a Madrid procedente de Mallorca, rescatado por uno de sus hermanos del despeñadero existencial en el que se hallaba. Gracias a él había conseguido un puesto de redactor en un periódico. Hacía medio año, su pareja de la última década había muerto en un accidente de tráfico. Él conducía el coche. Según me contó, anduvo meses como loco, dándose cabezazos contra la vida, hasta que se decidió a hacer solo el viaje al Tíbet que su compañera y él habían planeado juntos durante mucho tiempo. Violeta, que así se llamaba, estaba fascinada por la cultura oriental.

    –Tú eres la primera mujer que me ha removido algo por dentro desde que perdí a Violeta, y eso es muy bonito, pero también da mucho miedo. Después de su muerte no he vuelto a estar con nadie.

Posiblemente, frente a tanta franqueza debí salir corriendo tras mandar a hacer puñetas al puto sincericida, sin embargo, en vez de darme a la fuga, le entregué los mismos labios que, de manera instintiva, hacía unos minutos acababa de negarle.
A partir de aquella noche, las veces que he querido recordar el sabor del jengibre sólo he tenido que cerrar los ojos y evocar la lengua picante de Hernán, el sabor acre de su piel, la calidez de su cuerpo.