El kiwi

10 October, 2007

Hombre desnudo de espaldas

    –¡Venga ya! Tú estás de coña.
    –Que no, que no te miento, Carmen: me pidió un kiwi, lo peló y se lo comió tan feliz.
    –Mira que me han pasado cosas raras con los tíos que he subido a casa, pero esta historia del kiwi no tiene precio.
    –Primero me preguntó si tenía un yogur, entonces le dije que creía que sí, que me dejase mirar. Cuando lo saqué y vio que era de muesli, se dejó caer con que si no lo tenía natural. Debe de ser objetor de conciencia de productos 0,0. El muy canijo…
    –¿Y prefirió un kiwi a un yogur de muesli a las tres de la mañana?
    –Yo no daba crédito. Se quedó allí, plantado frente a la nevera abierta, escaneando lechugas, tarros y botellas. Después de localizar la bandeja de los kiwis, me preguntó si podía comerse uno.
    –Y habíais estado cenando… ¿No soltaste una carcajada?
    –Pues no. Me quedé tan patidifusa que no me salió la risa.
    –¿Entonces?
    –Le dije que claro, que podía comerse lo que quisiera. A mí, con tal de que me dejara en paz y se marchase pronto… Así que rompí el plástico del envoltorio, saqué la pieza más madura, se la puse sobre un plato, le entregué los cubiertos que me pidió y le di una servilleta.
    –Joder, tía, es que es flipante.
    –Y tanto. Allí tenía a aquel tipo, sentado en mi sofá, con el plato sobre la mesa auxiliar, comiéndose su kiwi como un rey. El tío es el fernando alonso del manejo de la cubertería.
    –¿Y tú qué hacías?
    –Observarlo, escucharlo y preocuparme.
    –¿Preocuparte?
    –Sí, preocuparme: mientras se encargaba de la fruta, me empezó a hablar de la pulmonía que casi se lo lleva por delante a los nueve años, y de los regletazos en las palmas de las manos que le propinaban los curas del colegio, y entonces me di cuenta de que empezaba a enternecerme.
    –Jaja, ¡qué fuerte lo tuyo!
    –De pronto no me podía creer lo que me pasaba. Le había estado dando largas durante toda la noche a aquel tipo, y en cuestión de segundos un puto kiwi y el relato de una infancia a lo Charles Dickens me estaban llevando al huerto, nunca mejor dicho.
    –Entonces, ¿te lo tiraste?
    –Prefiero no responder a esa pregunta, ¿o hace falta que lo haga?
    –O sea, que te lo tiraste.
    –Mira, por si te interesa, te diré que no pienso volver a verlo. Me he propuesto seriamente hacer voto de castidad por un tiempo. Ya he hablado de esto mismo con el novio de Sebas. Me tomaré lo del kiwi como un pequeño obstáculo en mi virtuoso camino, y te aseguro que de ahora en adelante no permitiré una sola interferencia.

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