Cálido y picante III
30 Abril, 2007
“Me tienes acojonado, Ellita: tan clara, tan oscura, tan lista, tan pequeña. Eres una niña blanca que bebe Fanta de naranja con pajita en una terraza. Sólo te saco seis años, y contigo entre los brazos me siento un viejo verde, tan, pero que tan obsceno… Y no sé lo bien o lo mal que suena lo que te estoy diciendo, pero te aseguro que me encanta. De ahora en adelante, en lugar de Faulkner, llámame Nabokov.”
Ése era el tipo de cosas que, en los primeros tiempos de nuestro delirio común, me dedicaba aquel amor mío raro como una ortiga roja para, a continuación, agarrar el cilicio del remordimiento y caer en una especie de ataque de ansiedad, al pensar que estaba traicionando la memoria de Violeta.
Una madrugada, tras horas de desenfreno, Hernán me confesó que no podía soportar sentirse tan vivo, alimentarse de la vida que yo irradiaba, sabiendo que Violeta era un puñado de cenizas en el fondo de un océano. Aquel discurso lo pronunció llorando, igual de roto que una madre que acaba de visitar la zona cero de donde las fuerzas de seguridad han rescatado los jirones de su hijo. Ni antes ni después he visto llorar a un hombre de esa forma. Ni antes ni después he amado tanto a nadie.
Al poco tiempo de aquella revelación, sin previo aviso ni anestesias, Hernán comenzó a poner en práctica una estrategia que bien podría haber titulado Frenemos en seco el entusiasmo de una ilusa.
A su entender, me estaba convirtiendo para él en algo parecido a un campo de minas: le aterraba que, al mínimo paso que diera hacia mí con la guardia bajada, le estallase mi entusiasmo, mi amor, mi devoción.
—Todo resultaría más fácil si fueses menos intensa. ¿Tú crees que podrías esforzarte en poner menos pasión a todo esto? —me preguntó.
En lugar de mandarlo a la mierda, como se merecía, respondí a su ofensiva cuestión alegando que trataría de actuar tal y como me pedía. En ese instante, me hice el firme propósito de transformarme en una indolente a los ojos del otro. Ya podían patearme el culo con unas botas de clavos en presencia de Hernán, que yo no rechistaría. Por él procuraría no sonreír tan a menudo, no emitir una sola carcajada, no contarle lo mucho que lo quería, no decirle lo guapo que estaba con este jersey o aquella camisa. La negación personificada, ésa sería yo en su honor. Me impuse dicho objetivo, pero fracasé en mi empresa como un tritón testarudo que intenta vestir su cola acuática con unos vaqueros de pernera humana.
Por aquella época necesité a Hernán tanto como un diabético precisa su chute diario de insulina. Sin embargo, cuanto más requería mi dosis de él para poder seguir viviendo menos generoso se mostraba con el suministro.
Cuando entendí que a Teseo le molestaba la existencia de Ariadna porque no tenía intención alguna de escapar del laberinto del pasado, solté la madeja que me mantenía unida a él.
Un día Hernán reapareció rogándome comprensión. Me dijo que no podía más, y me contó que se volvía a Mallorca a intentar zurcirse el alma. No me pidió que lo esperase, no obstante, durante un año largo elegí tejer y destejer, y lo hice hasta que se me llagaron las yemas de los dedos y el hilo, teñido de rojo, se volvió inservible. A su regreso, me propuse darle otra oportunidad, o dármela a mí misma, qué sé yo, pero para entonces ya no pude soportar la incertidumbre de la espera las veces que aquel desconocido se ausentaba a resolver cualquier asunto cotidiano.








