Cálido y picante I

16 April, 2007

Hernán se marcha. Es hora de llamarlo por su nombre. Desnuda, lo acompaño hasta la puerta para despedirlo con un beso. A cambio recibo un encargo: “Piénsatelo, por favor”. Regreso de nuevo a la cama. Con los ojos bien abiertos, en medio de la oscuridad, siento como si el pasado y el presente fuesen unos padres en pleno proceso de separación enzarzados en un tira y afloja por la custodia de mi cordura. Sé que si les permito seguir compitiendo en este juego absurdo acabaré con los huesos de la sensatez desencajados. El ayer se agarra con fuerza a mi corazón, el hoy a mi razón, y de antemano me presiento una muñeca rota: sé que haga lo que haga mis tripas de serrín acabarán alfombrando el suelo.
Del altillo de la evocación, saco el viejo álbum de los recuerdos gratos y lo desempolvo. Al abrirlo, después de tanto tiempo, encuentro al culpable de mis desvelos del hoy en el aula de una escuela de escritura del ayer: Hernán Martínez Brühl, atrayente como el áspid para una reina suicida, inquietante como un animal en celo enjaulado, imprevisible como la última voluntad de un moribundo, Faulkner para sus compañeros, defensor enfebrecido del padre de El ruido y la furia.
Desde un primer momento, los únicos textos que me dejaron boquiabierta fueron los de aquel treintañero con cierto aire al Clint Eastwood más joven y salvaje, por quien tardé poco en convertirme en una groupie silenciosa de sus melodías narrativas, una hooligan pacífica de su juego literario. Sin embargo, el entusiasmo que me invadía después de escuchar cada relato iba seguido de una frustración: la certeza de que mis historias jamás alcanzarían la suela del talento que crecía bajo sus pies.
Cómo me habría gustado reunir el coraje preciso para darme la vuelta, dirigirme a mi compañero del pupitre de atrás y contarle cuánto admiraba su capacidad para practicar la alquimia con las palabras, su aptitud para iluminar la sordidez a base de metáforas, su pericia para convertir a la doctrina de su prosa al mayor de los descreídos. Sin embargo, tenía el convencimiento de que, si actuaba de esa forma, mi labio superior temblaría de emoción antes de que mi boca comenzara a articular palabra alguna, que mi lengua se trastabillaría con mis dientes y mis ojos bizquearían al tropezar con su mirada. Y ¿qué necesidad había de quedar como una idiota?
Paso la página del álbum y veo a Faulkner sentado junto a mí en uno de los primeros aquelarres que los aprendices de escritor, al término de las clases, solíamos celebrar en una tasca próxima a la escuela.
Observo mi cara de sorpresa y la inquietud que me provoca el hecho de que ese chico se siente a mi lado. Para disfrazar mi desasosiego, simulo que ignoro su presencia. A la segunda ronda, una voz muy familiar se dirige a mí:

    –Sé que te caigo mal, y te comprendo. Yo también me caigo mal. Hasta ahora no me había importado, pero me acabo de dar cuenta de que es una auténtica putada caerle como el culo a la alumna más brillante del curso.

Y no, no fue su alusión a mi más que cuestionable brillantez, sino lo bien que me sentí charlando con aquel chico en las horas siguientes, lo que transformó mi impostada introversión en sociabilidad con la misma rapidez con que un piloto de Fórmula 1 da un volantazo a la salida de una curva letal para salvar el pellejo.

Orgía de papel

10 April, 2007

Gracias a mis editores por su empeño en hacer de papel La orgía perpetua, y a todos y cada uno de los orgiastas que, a lo largo de dos años, me han insuflado la fuerza necesaria para mantener abierta la presente bacanal.

Demasiado débil

1 April, 2007

    –¿Qué vamos a hacer, Ellita? –Faulkner me formula la pregunta del millón tras colocar su cabeza en el Auditorio Nacional de mis latidos.
    –No tengo ni idea. Sólo sé lo que no deberíamos hacer, pero ya me conoces: soy demasiado débil para tomar decisiones convenientes.
    –¿Y qué se supone que no deberíamos hacer?
    –Comportarnos como críos. Que no tengamos luces no significa que no tengamos una edad –Faulkner se incorpora. Me mira. Lo miro.
    –En eso te doy la razón. ¿Tú te has visto esta arruguita tan lasciva que se te empieza a formar en la comisura izquierda? –mi supuesta marca de vejez recibe un beso, y el autor de semejante muestra de cariño se echa a reír cuando me hago la ofendida, me giro, y me marcho al otro extremo de la cama.
    –Mira que eres tonto…

Después de apartarme el pelo de la cara, mi amante me acaricia el lóbulo de la oreja. Yo entrecierro los ojos tan excitada como si hubiera empezado a explorar el centro de mi universo. Antes de que pueda darme cuenta, la textura de su aliento hace que se me mojen los ojos y que esa humedad dé paso a otras.

    –Ella, guapa, Ellita –Faulkner jamás se comportaría así en público, y esa transformación es una de las cosas que más me sobrecogen de él–… No te enfades, por favor. ¿Por qué no quieres volver a ser mi niña blanca?
    Guardo silencio mientras mi amor atemporal me aparta de nuevo el pelo, en esta ocasión del cuello, empeñado en hacer derrapar su lengua sobre la pista de mi piel.
    –Porque una vez dejé de serlo, y no quiero sufrir más.
    –¿Y si no estás conmigo no vas a sufrir? –con un leve roce de mi hombro, consigue que me dé la vuelta y lo mire de nuevo.
    –Supongo que sí, pero no me cagaré en ti desde que me levante hasta que me acueste –mientras mis labios pronuncian esas palabras en la superficie de las sábanas, mis piernas bucean bajo la tela en busca de tesoros abisales.
    –Jaja…
    –No te rías, que lo que te estoy diciendo no tiene ninguna gracia. Sabes que para odiar no sirvo, pero pasarme los días acordándome de tus ancestros no soluciona nada –unas manos que conozco tan bien como las palmas de las mías se adentran por la puerta falsa de mis muslos y consiguen abrirla sin necesidad de forzar la cerradura.
    –Dame un beso y cállate, cotorra. Déjame ejercer mi derecho a réplica.

Segundo cumpleorgía

24 March, 2007

Dicen que ciertas esperas tienen un regusto dulce, y no pienso ser yo quien afirme lo contrario. No obstante, dicho almíbar precede al amargor de un parto.
¿Qué será de mí llegado ese momento? Hoy prefiero no pensarlo. Hoy quiero limitarme a celebrar con vosotros el segundo aniversario de esta bacanal eterna.
Que corran, por lo tanto, ríos desbordados de vino, manjares y orgía. Que la fiesta no termine.

Tan pesada

16 March, 2007

    –¿Por qué eres tan pesada? –Amado me lanza esa pregunta consciente de que las maniobras que está realizando dentro de mi boca no me permitirán argumentar nada al respecto– Y no digo conmigo, ni con los demás, sino contigo. Es fácil cogerte cariño, y se te acaba perdonando todo, pero, chica… Ojalá algún día seas capaz de verte con los ojos de los otros. Tienes que aprender a relajarte un poco, a darte una tregua de vez en cuando.

Mi dentista es un tipo listo, pero no de los que van de ello sino de los que ejercen su agudeza innata con la espontaneidad del mocoso nacido para ir soltando gracias y dejar en ridículo a sus progenitores.

    –Este trabajo va a quedar perfecto, Ella –yo sigo tales disquisiciones con la boca abierta y los ojos cerrados–. Comprendo que todo se ha alargado más de la cuenta, que te has desanimado mucho, y que estás deseando acabar –Amado hace una pausa–. Mira que decir que te dije que tenías dientes de conejo… –abro los ojos y veo en los labios de mi dentista esa sonrisita de cabrón provocador que me saca de quicio.
    –Lo dijiste –aun a riesgo de llevarme un pinchazo de la especie de garfio que sirve para colocar las bandas elásticas en los brackets, en esta ocasión no me callo–. Tienes suerte, porque no soy rencorosa. Prefiero no contarte lo que habría hecho otra paciente en mi lugar.

No hace falta que se lo cuente, él lo sabe: otra paciente a la que se le hubiera asegurado que el tratamiento duraría de año y medio a dos años, a la que no se le hubiera mencionado que, con toda probabilidad, habría que extraerle piezas, a la que se le hubiera añadido un año más de suplicio porque se le quitaron dos premolares con retraso, a la que no se le contase a fecha de hoy por qué los huecos de las extracciones no le acaban de cerrar, y a la que, cuando hubiera cuestionado el trabajo de su ortodoncista y el resultado estético derivado de los cambios de última hora, éste le hubiese respondido: “Pero, ¿qué me estás contando? Mira, no te quejes, que cuando llegaste a mí tenías dientes de conejo”, otra paciente, en semejantes circunstancias, le habría montado un pollo de padre y muy señor mío a su dentista para acabar diciéndole hasta luego.
He de admitir que en los últimos tiempos he tenido intentos de abandono de Amado, pero cuando he ido a otras clínicas y me he sentado en otros sillones, y distintos profesionales –XX y XY– me han inspeccionado la boca como si fuese un caballo de feria, con maneras poco delicadas, he vuelto, más suave que un guante, a los brazos conocidos.
Hace unos meses se produjo una cruenta batalla cuerpo a cuerpo en el frente ortodoncístico. La mantuvimos Odiado y yo –esos días era incapaz de llamarlo de otra forma–. Por aquel entonces llegué a pensar que si mi dentista jugara al ajedrez movería los peones dos de plano y uno de pico después de medio siglo meditando la jugada.

    –¿Cómo pudiste decir aquello? –le increpo– Y encima eso: dientes de conejo. De sobra sabes que lo único que me pasaba era que tenía unos colmillos un poco de vampira.
    –Será de vampiresa.
    –No, de vampiresa no, de vampira.
    –¿A ti qué te suena mejor, Almudena? –Amado quiere conocer la opinión de su ayudante-esposa, quien le acaba de entregar una hebra de hilo metálico para que realice una lazada entre dos muelas.
    –Vampiresa, aunque no sé muy bien cuál es la diferencia.
    –Vampiresa es mucho mejor –Amado no duda.
    –Una vampiresa es una femme fatale –le aclaro.
    –Jaja, pues por eso digo que prefiero una vampiresa a una vampira.

Finalizada la revisión, mi dentista no se libra de mi tercer grado de rigor: ¿Cuánto falta para que me quite el aparato? ¿Conseguirá que todo esté listo para la próxima primavera, tal y como prometió la última vez? ¿Me veré muy rara cuando los huecos de las extracciones cierren por completo? ¿Cambiará eso mucho la fisonomía de mi rostro?…
Al salir de la consulta, reflexiono que entre Amado y yo se ha establecido un pacto tácito de no agresión: el profesional de la salud dental aguanta con estoicismo las dudas razonables y desesperadas de su paciente, y ésta no se marcha a otra consulta y acepta llegar al término del tratamiento de la mano del ortodoncista que, durante casi tres años, le ha dado trato de princesa en un trono mecánico.

Lluvia roja

6 March, 2007

Llueve rojo. La humedad me esponja el pelo como si de un corazón enamorado se tratase. Camino de la parada, escudriño charcos turbios lo mismo que las pitonisas escrutan los destinos en los posos del café.
Un autobús salpica de suciedad líquida mi ropa. ¿Qué importa? Llueve rojo.

    –Me gusta tu gabardina –me dice Faulkner, que me espera en la puerta de una librería.
    –Si ya me la viste el año pasado…
    –Vale, ¿y por eso no puede gustarme éste?
    –Jaja, pues claro. No me seas susceptible. ¿Sabes? Con una gabardina roja la lluvia no molesta. El año que viene te regalo una.
    –¿Qué dices? ¿Tú estás loca? Ya sabes que yo soy negro.

Llueve rojo. Bajo un paraguas compartido, caminamos hasta una tetería del centro. Nada más sentarnos en el único rincón que queda libre, mi amigo me hace entrega de un paquete envuelto en papel granate que saca del maletín de su portátil. Intrigadísima, lo desenvuelvo. Veo que se trata de un libro. ¡Es la novela de Faulkner! Enmudezco, los ojos se me desorbitan, la boca se me abre como la entrada a una cueva mágica, doy un grito, me lanzo sobre el autor, me agarro a su cuello, lo estrujo. La gente del local me mira igual que si asistiese por azar a un ritual de exorcismo.

    –¿Por qué no me lo has dicho antes? –le pregunto.
    –¿El qué?
    –¡Pues que ya estaba editada!
    –Esto ha sido mucho mejor. ¿Tú crees que iba a renunciar a semejante espectáculo?
    –Mira que eres asqueroso… –antes de que pueda darme cuenta, mis labios tocan los suyos.

Llueve rojo. Cuando me recupero de mi impulso, haciendo como que no ha pasado nada, caigo en la cuenta de que, con toda probabilidad, ese ejemplar estará dedicado. Abro el libro y, en efecto, descubro una caligrafía de sobra conocida. El texto manuscrito me mantendrá bloqueada al menos una semana: “Para mi pequeña niña blanca, porque los días sin sus noches son más grises, porque todo lo imposible es lo que dota de sentido una existencia”.
Mi beso y sus palabras reabren, después de tanto tiempo, la brecha de una historia de encuentros, desencuentros, y mucho, mucho amor.

Espabilada

26 February, 2007

“Corta, corta sin miedo”, le digo al profesional de la tijera y el peine. ¡Menuda espabilada!
El precio de mi valentía de ayer hace que hoy no quiera pasar delante de un espejo, escaparate, ventanal, etc., etc., etc.
Estoy hecha un adefesio. Me han dejado un look ochentero que tira para atrás. Parezco una maruja quinqui, un trasunto de Mafalda y Zape (el de Zipi).
Voy a pasarme una buena temporada con coleta y pasadores a lo Nadia Comaneci.
Carmen intenta consolarme argumentando que pronto volveré a tener una frondosa melena, pero yo estoy convencida de que en los próximos meses mi cabellera se rebelará en mi contra, y detendrá su crecimiento sólo para fastidiarme.

Los elegidos

17 February, 2007

Siempre me ha obsesionado tener fotos, congelar cada momento que me parecía único, o mejor dicho, congelar cualquier momento. A fin de cuentas, todos son irrepetibles.
Por eso no me perdonaré no haber llevado encima la cámara aquella noche. Mi bolso era diminuto. “Ya habrá oportunidad de hacerle fotos, de hacernos fotos”, pensé. Me equivocaba, no la hubo. Ignoro si es mejor así. Probablemente no.
Hay quienes no comprenden que, conforme se me van pasando los cabreos de rupturas y abandonos, destierre mi resquemor hacia la otra parte y opte por quedarme sólo con lo bueno (siempre hubo algo bueno, no quiero engañarme, no pienso ser injusta).
Lo cierto es que transcurren los días, los meses, los años, y me acabo quedando con la sonrisa de A como respuesta a mis sacadas de lengua haciéndome la enojadísima, la voz sonámbula de B en medio de la noche preguntándome si me encontraba bien cada vez que el insomnio me echaba de la cama, con C aporreando la puerta de mi apartamento a las ocho de la mañana para que saliese a contemplar Madrid vestida de nieve, D contándome que una tía que se mete sola en un cineforum a ver El gran dictador en versión original es muy rara y, por lo tanto, objeto de su deseo, E jurando que me amaría por los siglos de los ídem, F llamándome pequeña niña blanca…
Ese abecedario sentimental golpea a veces mi mente como una ráfaga de viento, y todas las declinaciones del amor se concentran en la punta de mi lengua, pugnando por saltar al precipicio de mis labios. Sin embargo, en lugar de convertirse en una palabra hermosa, se quedan en mi interior para asomarse a mis ojos en forma de emoción incontenible.
Este alfabeto sólo incluye, por supuesto, a los hombres que amé sin condiciones, pese a la climatología adversa del cariño en tiempos complicados, jamás a los que me acosaron ni a los que me desearon sin la más remota opción a tenerme.
Mi abecé afectivo únicamente lo conforman quienes, de una manera u otra, pasaron a ser los elegidos, mi memoria selectiva, una de las pocas razones por las que vale la pena practicar, de vez en cuando, el agotador ejercicio del recuerdo.

Jesús-Piros d’ España

8 February, 2007

El funcionario feliz ha vuelto a las andadas. Mi compañero de calle en la piscina le ha visto tanta gracia al chiste, que lleva varios días contándomelo:

    –Hola, Ella, ¿cómo estás?
    –Bien.
    –No, pero si no es una pregunta, es una afirmación.
    –¿Y tú? ¿Cómo estás tú? –respondo, haciéndome la tonta, dispuesta a proporcionar a mi interlocutor el final que solicita su número circense.
    –Pues chica, ya lo ves –me dice, realizando una jocosa mueca de decepción–: no hay color.

Tras una época efímera poniéndome cara de póquer, el pesado acuático ha vuelto a la carga. Me retiró su sonrisa de clown durante un tiempo, después de que una tarde frenase mi nado en seco en varias ocasiones con cara de mala hostia, dispuesta a acabar con la afición del muy tarado de nadar pegadito a mi culo para tocarme los pies.
Jesús es el prototipo de persona salsa de todas las fiestas, el quedabién por excelencia, un diplomático incorregible, un palmeador profesional de espaldas, vamos, mi antihombre. Unos meses atrás, cuando me parecía un tipo medio normal, me tomé con él una Coca-cola a la salida del curso. Antes me había preguntado a qué me dedicaba, y al conocer que me movía en el mundo editorial y que escribía, me confesó que él estaba terminando una novela policíaca. Ante su interés por leer algo mío, le mencioné una publicación con la que acababa de colaborar. Antes de despedirnos, me pidió el correo electrónico. En una semana, el polideportivo cerraría por vacaciones. A mediados de julio recibí el siguiente e-mail:

Hola Ella:

Soy Jesús. Intenté verte el último miércoles pero debías haber salido ya. Te esperé una media hora.
Estos días han sido raros. Entre la opo y que ha muerto una tía, de repente (vaya palo), no he parado mucho, y encima no tengo ordenador en casa, así que te escribo desde la ofi. Y mañana ya no vengo. Ya sabes: vacaciones para seguir estudiando.
OYE, TU ARTÍCULO EN ESA REVISTA ME HA GUSTADO BASTANTE. BIEN ES VERDAD QUE LO HE LEÍDO POR ENCIMA, pero creo que eres buena. Podrías darme lecciones.
En fin, he de dejarte. Tengo que salir a inspeccionar obras.
Mi teléfono personal es XXX.XXX.XXX. Lo tendré apagado en horas de estudio, pero por la noche estaré operativo.
No se me ocurre otra forma de ponerme en contacto contigo. Mi mail de la ofi es desde donde te escribo, pero hasta el día 8 no me incorporo al trabajo.
Un besote, y espero que podamos seguir en contacto,

Jesús-Piros d’ España (cañí)

Evidentemente, no respondí ese correo ni marqué el móvil mencionado. Luego, el XY de la firma folclórica estuvo meses desaparecido. Ahora, a su regreso, ante su renovada actitud de confianza hilarante, tendré que esforzarme en adoptar por un tiempo impredecible el papel de sirenita borde.

La bufanda

1 February, 2007

Mientras guardo cola en la caja de unos grandes almacenes para pagar un colorete y un corrector antiojeras, una señora a la que dejo paso en dirección a la salida, me pregunta:

    –¿Dónde venden estas bufandas? –la mujer, de mediana edad, toca la prenda de lana gruesa color teja que me abraza el cuello.
    –Me la he hecho yo –le contesto, algo perpleja.
    –¡Ah!, entonces tengo complicado encontrar una –y, sin esperar respuesta, se marcha.

Ante la desilusión de la desconocida, me dan ganas de seguirla para decirle que no se preocupe, que si quiere le hago una. Sin embargo, permanezco clavada donde estoy, recordando las bufandas, los gorros, los jerséis y las rebecas que me hacía mi madre cuando era pequeña.
Hoy, al mirar fotos antiguas, me deleito contemplando las obras de arte maternas, pero por aquel entonces no me gustaban nada. Yo me quería poner jerséis como los del resto de los niños, con etiquetas de fábrica y elásticos de máquina en los puños. En mi colegio de monjas (un centro concertado de barrio obrero) te consideraban una pobretona si advertían que el chaleco azul marino del uniforme lo había tricotado mamá.
Ahora que mi progenitora ya no coge las agujas, de vez en cuando le pregunto por qué no me hace un rebecón o una chaquetita de verano, a lo que, invariablemente, me responde:

    –No vale la pena, Ella Mari –sé que es escandaloso, pero mi familia siempre me ha llamado así–, si por lo que te cuestan los ovillos para uno vas y te compras dos.

No podría establecer la fecha exacta en que pedí a mi madre un par de agujas y el resto de cualquier madeja que no le sirviese. Sí me consta que era una cría agotadora, hambrienta de conocimiento. Primero aprendí a hacer punto del derecho, luego del revés, y más tarde desconozco el tipo de punto que aprendí, aunque lo cierto es que jamás llegué a elaborar preciosidades al estilo de las made in my mother.
Hace tiempo que no tricoto nada. Esa bufanda que le ha encantado a la señora de la cola de los grandes almacenes la hice años atrás, cuando disponía de tiempo y tenía la necesidad de invertir parte de mis jornadas en ir tejiendo la vida con lana de olvido y agujas de color, cuando era algo más joven y mucho más desdichada.