Alguna que otra madrugada
21 January, 2007
Conozco a María en el cumpleaños de Clara, un hada anárquica y generosa que se ha cruzado en mi camino para demostrarme que en la treintena existe la posibilidad de seguir inaugurando amistades femeninas.
Al final de la madrugada, cuando un puñado de supervivientes decidimos reunirnos en torno a una mesa del local con los restos del banquete y cierto agotamiento, María y yo comenzamos a charlar.
–Así que has empezado a trabajar en la editorial de Clara… –me dice.
–Sí, pero como colaboradora. En un par de meses el trabajo estará listo y yo en casita.
–Bueno, eso nunca se sabe –imagino que María da a entender que lo mismo me sucede como a otros muchos freelance que han pasado por esa empresa, que al cabo de un tiempo se han convertido en asalariados.
–En mi caso sí, te lo aseguro. Yo no quiero fichar cada mañana y cada tarde. Llevo seis años viviendo a mi aire, y ahora regresar a una oficina me resultaría insoportable.
–¿Sabes lo que te digo? Que me parece muy bien. A mí me encanta la gente que es capaz de decir no.
–Hace unos meses, otro cliente me ofreció un puesto en plantilla. Lo rechacé y, al poco tiempo, entré en una etapa chunguísima de trabajo –le cuento–. No sé si soy una inconsciente, pero en ningún momento me he arrepentido de tomar aquella decisión. Si hoy volviera a recibir la misma oferta, mi respuesta seguiría siendo la misma.
–Eso es estupendo. La gente es muy cobarde. A ti se te adivina una persona feliz.
Me quedo estupefacta ante la afirmación de mi interlocutora, quien, acto seguido, me invita a visitarla a Barcelona, ciudad en la que reside desde hace un par de años por motivos laborales.
María es una madrileña afable que habla de forma atropellada detrás de una sonrisa que amenaza con romper en carcajada cuando menos te lo esperes.
En el momento de la despedida, alrededor de las cinco, el grupo se disuelve, y María me pide que la acompañe a un cajero automático. Tiene que sacar dinero para un taxi.
¿Taxi?, ¿un sábado a esas horas?, ¿en Madrid? Y lo mejor es que pretendemos cazar no una sino dos luciernaguillas verdes.
Después de un rato razonable pasando penurias nocturnas (es decir, frío y vergüenza ajena de cada borracho que se nos acerca para soltarnos la burrada de rigor), propongo la puesta en práctica de la estrategia que acostumbro a usar en los últimos tiempos: esperar hasta que el metro abra a primera hora de la mañana tomando chocolate con churros.
Si hace un rato hablábamos de trabajo y sueños más o menos alcanzados, ahora, por supuesto, le toca el turno a los hombres.
–Reconozco que soy una tía complicada –le digo mientras nos sentamos.
–Tú no eres complicada. Yo creo que todos lo somos.
María asegura estar harta de los XY. Me confiesa que su balance del pasado año en ese sentido es desolador, y que, en breve, sus aspiraciones personales se resumen en adoptar un niño y seguir realizándose profesionalmente.
Cuando escucho esas palabras me entristezco. ¿Cómo una chica joven, simpática y atractiva puede decir eso?
Al medio minuto de acabarse el chocolate, María comienza a dar cabezadas. Mientras observo a la muchacha vencida por el sueño, me doy cuenta de cómo la comprendo, y de lo tranquila que yo también me encuentro, de que soy dueña de esa calma propia de quien no busca, no ya porque no espera encontrar nada sino porque no echa en falta nada que considere esencial para seguir tachando días en el calendario.
Perdida en mis disquisiciones, me acerco a la barra y pido un café bien cargado para la niña de la risa comunicativa y el alma taciturna. Aún tengo que llevarla al metro, hacerle saber que me ha encantado conocerla y pedirle que regrese pronto para compartir alguna que otra madrugada.