La bufanda

1 Febrero, 2007

Mientras guardo cola en la caja de unos grandes almacenes para pagar un colorete y un corrector antiojeras, una señora a la que dejo paso en dirección a la salida, me pregunta:

    –¿Dónde venden estas bufandas? –la mujer, de mediana edad, toca la prenda de lana gruesa color teja que me abraza el cuello.
    –Me la he hecho yo –le contesto, algo perpleja.
    –¡Ah!, entonces tengo complicado encontrar una –y, sin esperar respuesta, se marcha.

Ante la desilusión de la desconocida, me dan ganas de seguirla para decirle que no se preocupe, que si quiere le hago una. Sin embargo, permanezco clavada donde estoy, recordando las bufandas, los gorros, los jerséis y las rebecas que me hacía mi madre cuando era pequeña.
Hoy, al mirar fotos antiguas, me deleito contemplando las obras de arte maternas, pero por aquel entonces no me gustaban nada. Yo me quería poner jerséis como los del resto de los niños, con etiquetas de fábrica y elásticos de máquina en los puños. En mi colegio de monjas (un centro concertado de barrio obrero) te consideraban una pobretona si advertían que el chaleco azul marino del uniforme lo había tricotado mamá.
Ahora que mi progenitora ya no coge las agujas, de vez en cuando le pregunto por qué no me hace un rebecón o una chaquetita de verano, a lo que, invariablemente, me responde:

    –No vale la pena, Ella Mari –sé que es escandaloso, pero mi familia siempre me ha llamado así–, si por lo que te cuestan los ovillos para uno vas y te compras dos.

No podría establecer la fecha exacta en que pedí a mi madre un par de agujas y el resto de cualquier madeja que no le sirviese. Sí me consta que era una cría agotadora, hambrienta de conocimiento. Primero aprendí a hacer punto del derecho, luego del revés, y más tarde desconozco el tipo de punto que aprendí, aunque lo cierto es que jamás llegué a elaborar preciosidades al estilo de las made in my mother.
Hace tiempo que no tricoto nada. Esa bufanda que le ha encantado a la señora de la cola de los grandes almacenes la hice años atrás, cuando disponía de tiempo y tenía la necesidad de invertir parte de mis jornadas en ir tejiendo la vida con lana de olvido y agujas de color, cuando era algo más joven y mucho más desdichada.

Alguna que otra madrugada

21 Enero, 2007

Conozco a María en el cumpleaños de Clara, un hada anárquica y generosa que se ha cruzado en mi camino para demostrarme que en la treintena existe la posibilidad de seguir inaugurando amistades femeninas.
Al final de la madrugada, cuando un puñado de supervivientes decidimos reunirnos en torno a una mesa del local con los restos del banquete y cierto agotamiento, María y yo comenzamos a charlar.

    –Así que has empezado a trabajar en la editorial de Clara… –me dice.
    –Sí, pero como colaboradora. En un par de meses el trabajo estará listo y yo en casita.
    –Bueno, eso nunca se sabe –imagino que María da a entender que lo mismo me sucede como a otros muchos freelance que han pasado por esa empresa, que al cabo de un tiempo se han convertido en asalariados.
    –En mi caso sí, te lo aseguro. Yo no quiero fichar cada mañana y cada tarde. Llevo seis años viviendo a mi aire, y ahora regresar a una oficina me resultaría insoportable.
    –¿Sabes lo que te digo? Que me parece muy bien. A mí me encanta la gente que es capaz de decir no.
    –Hace unos meses, otro cliente me ofreció un puesto en plantilla. Lo rechacé y, al poco tiempo, entré en una etapa chunguísima de trabajo –le cuento–. No sé si soy una inconsciente, pero en ningún momento me he arrepentido de tomar aquella decisión. Si hoy volviera a recibir la misma oferta, mi respuesta seguiría siendo la misma.
    –Eso es estupendo. La gente es muy cobarde. A ti se te adivina una persona feliz.

Me quedo estupefacta ante la afirmación de mi interlocutora, quien, acto seguido, me invita a visitarla a Barcelona, ciudad en la que reside desde hace un par de años por motivos laborales.
María es una madrileña afable que habla de forma atropellada detrás de una sonrisa que amenaza con romper en carcajada cuando menos te lo esperes.
En el momento de la despedida, alrededor de las cinco, el grupo se disuelve, y María me pide que la acompañe a un cajero automático. Tiene que sacar dinero para un taxi.
¿Taxi?, ¿un sábado a esas horas?, ¿en Madrid? Y lo mejor es que pretendemos cazar no una sino dos luciernaguillas verdes.
Después de un rato razonable pasando penurias nocturnas (es decir, frío y vergüenza ajena de cada borracho que se nos acerca para soltarnos la burrada de rigor), propongo la puesta en práctica de la estrategia que acostumbro a usar en los últimos tiempos: esperar hasta que el metro abra a primera hora de la mañana tomando chocolate con churros.
Si hace un rato hablábamos de trabajo y sueños más o menos alcanzados, ahora, por supuesto, le toca el turno a los hombres.

    –Reconozco que soy una tía complicada –le digo mientras nos sentamos.
    –Tú no eres complicada. Yo creo que todos lo somos.

María asegura estar harta de los XY. Me confiesa que su balance del pasado año en ese sentido es desolador, y que, en breve, sus aspiraciones personales se resumen en adoptar un niño y seguir realizándose profesionalmente.
Cuando escucho esas palabras me entristezco. ¿Cómo una chica joven, simpática y atractiva puede decir eso?
Al medio minuto de acabarse el chocolate, María comienza a dar cabezadas. Mientras observo a la muchacha vencida por el sueño, me doy cuenta de cómo la comprendo, y de lo tranquila que yo también me encuentro, de que soy dueña de esa calma propia de quien no busca, no ya porque no espera encontrar nada sino porque no echa en falta nada que considere esencial para seguir tachando días en el calendario.
Perdida en mis disquisiciones, me acerco a la barra y pido un café bien cargado para la niña de la risa comunicativa y el alma taciturna. Aún tengo que llevarla al metro, hacerle saber que me ha encantado conocerla y pedirle que regrese pronto para compartir alguna que otra madrugada.

Barra libre

19 Diciembre, 2006

Me marcho de viaje.
Nos vemos en el 2007 de la calle Enero, al fondo del garito Un nuevo año.
Hasta entonces, barra libre de amor y bacanal para mis orgiastas.

El mitómano

10 Diciembre, 2006

Desde que una fotografía de mi alter ego anda flotando por la Red, algún/a que otro/a orgiasta me ha escrito preguntándome si el sábado por la tarde caminaba por la calle Preciados vestida de rojo o si el domingo por la mañana daba de comer a los patos del Retiro con un abrigo verde.
Hace dos meses, llena de asombro, recibí una llamada de una periodista de una cadena de televisión nacional. Quería entrevistarme para que le hablase de mi curso de blogs, de esta bacanal, de la blogosfera…
Hoy, en la cuarta planta de la FNAC, mientras me dirijo al locutorio con sendos libros de Márai y Murakami entre las manos, un chico me aborda para pedirme un autógrafo. Me dice que me ha visto en la tele. Consciente de que medio minuto en las ondas mucho tiempo atrás no puede dar para tanto, al instante me imagino víctima de una broma de parte de Carmen o de Faulkner, pero al momento recuerdo que no he avisado a nadie de mis planes de esta tarde y reflexiono que mis amigos no son de esa clase de cabrones.
A mí pedir un autógrafo me parece el súmmum de la estupidez. ¿Para qué quiere alguien un papel emborronado por otro alguien con una firma y, en el mejor de los casos, una dedicatoria absurda? Y además, a todo esto: ¿quién soy yo? La humilde regente de una orgía virtual. Muy poca cosa.
Cuando abro la boca para hacerle comprender al tipo que un garabato mío no tiene ningún valor y rogarle que se marche y deje así de provocarme tanta vergüenza ajena, me corta con la brusquedad de quien se sabe estafado:

    -Oye, tú no eres X.

Me acaban de confundir con una actriz de teleserie cuya identidad averiguo en casa, buceando en aguas googlelianas. Supongo que mi acentazo ha hecho caer al mitómano en la cuenta de que yo no puedo ser la rutilante estrella que, con toda probabilidad, le quita el sueño cada noche. Por otra parte, tampoco encuentro tanto parecido entre la chica del serial y yo.
Aún no he visto el vídeo de mi aparición fugaz en un telediario. Cuando, como el turrón, regrese por Navidad a casa, pediré la cinta en la que fui congelada por encargo (el día D, hora H tenía la tele estropeada) y pulsaré el play llena de recelo.

XY contemporáneo

1 Diciembre, 2006

Después de millones de años de cortejo precoito en el planeta, todos los mandamientos del XY contemporáneo dirigidos al escaqueo postcópula se encierran en dos:

-Nos vemos.
-Hablamos.

Aunque sólo sea para fliparlo, XX del mundo, levantémonos y unámonos.

Estación de paso

27 Noviembre, 2006

Soy una estación de paso. Nadie llega a mí con intención de quedarse. Las mujeres del ayer y del mañana pesan más que mi presente.
El tiempo vuela, y yo me estrello contra él igual que el mosquito suicida se arroja sobre un parabrisas.
Quiero convertirme en hoy, en ahora, en este instante.
No deseo ver el futuro. Romperé todas las bolas de cristal.
Los dioses nunca se apiadaron de los cíclopes tristes.

Pies de tango

21 Noviembre, 2006

Suena el telefonillo. Es Faulkner. Habíamos quedado para ir al cine, pero no en que se pasaría por casa. Ese tipo de sorpresas me pone de los nervios. Tras recordar a mi visita que no soporto que me pillen in fraganti, le pido que se sirva lo que le apetezca y se ponga a ver la tele hasta que acabe de arreglarme. Por supuesto, mi indicación es desatendida, y al cabo de un minuto tengo al desobediente pegado a los talones.
Antes de que llegase, estaba intentando poner orden en el zapatero del armario. Su interrupción alfombra el pasillo de todo tipo de calzado.

    -Éstos son los de tango, ¿no? –mientras me pongo lipgloss frente al espejo del dormitorio, mi amigo se acerca a mí con un zapato en la mano.
    -Sí, son preciosos, ¿verdad?
    -¿Cuánto hace que no vas a las milongas?
    -¡Puf! Siglos.
    -¿No piensas retomar las clases?
    -No, querido Watson. ¿Alguna pregunta más?
    -Sí, ¿por qué lo dejaste? –el fundador de la ONG Detectives Sin Fronteras se sienta en el borde de la cama y clava su mirada en la mía a través del espejo.
    -Las clases porque me harté de soportar al insufrible de mi profesor, y las milongas porque me parecen algo machista y decadente. ¿Tú te crees que las tías no podemos sacar a bailar a los tíos? –terminada la sesión de maquillaje, me vuelvo hacia mi interlocutor y busco las botas marrones detrás de las cortinas-. Vale, puedes acercarte a un tipo y pedirle que baile contigo, pero con los humos que se gastan te expones a que te peguen un corte de narices.
    -Ya, pero a ti te sacaban, ¿no? –tomo asiento junto a Faulkner, quien, sin que se lo pida, me ayuda a calzarme.
    -Sí, y a veces habría agradecido que no me sacasen. Las milongas son algo así como una cruda metáfora de la vida: casi nunca te toca bailar con quien te gustaría hacerlo, y yo me harté de rozamientos improcedentes, tocamientos accidentales y sudor testicular –mi amigo, que me está subiendo la cremallera de la segunda bota, me mira desde abajo y, con una media sonrisa, sacude la cabeza-. ¿Qué pasa? Es cierto. Además, menudas movidas sentimentales. Allí todo el mundo se ha enrollado con todo el mundo en algún momento, y, si tú no lo has hecho, cada vez que te adentras en la pista es como si llevases un cartel en la espalda con el lema Carne fresca. Quita, quita. A mí no hay nada que me seduzca menos que un milonguero. Se piensan que son la hostia, como mi profesor, con ese cerebro relleno de serrín –me levanto, camino hacia la mesilla, abro el cofre de madera y saco unos pendientes diminutos-. El baile sí lo echo de menos, fíjate. Muchísimo. Si te hubieras apuntado a tomar clases conmigo cuando te lo pedí…
    -Pero mira que eres mala. Anda, ponte el abrigo y vámonos, que se nos echa la hora encima.

Como Faulkner y yo cumplimos a rajatabla esa autoprohibición woodyallenesca de entrar en la sala si la película ha comenzado y, a todas luces, hoy ya no llegamos a tiempo ni surcando el cielo a lomos de la grupa de mi escoba voladora, me vuelvo a sentar junto a mi canalla preferido y, con un guiño, le pido que me quite las botas y vista mis pies de tango.

Centrifugado

15 Noviembre, 2006

Se apaga una luz
y otros soles se encienden
donde naces tú,
olvido de colores
centrifugados de amor.

Madrid, mon amour

9 Noviembre, 2006

Camino de la filmoteca

Línea 1 de metro. En la estación de Tribunal sube al vagón un octogenario bajito y cheposo arropado por una capa negra adquirida hace dos siglos. Se sienta frente a mí, al lado de una chica con la que comienza a hablar. No entiendo muy bien qué le pregunta, pero ella, lejos de rehuirlo, le responde con palabras amables y una sonrisa. En ese preciso momento advierto que es de las mías, así que está perdida. Por el uno o por la otra, ya no puedo abandonar mi vena más cotilla, mientras, desde mi condición de espectadora, comienzo a darles las gracias por regalarme este post.
Entre el barullo de fondo, me llega el eco de un nombre: Sombras de bohemia, el título de algún libro escrito por el anciano y cuyo original imagino dentro de la carpeta de cuero marrón a la que se aferran sus manos artrósicas. La chica, que dice haber estudiado Comunicación Audiovisual, se saca del oído derecho el auricular del iPod y, lejos de limitarse a actuar como un sujeto pasivo amable, también pregunta cosas al abuelo. De repente, parece que fuera ella la que lo ha buscado a él para realizar un estudio sociológico.
El hombre le pregunta si conoce la obra de Julio Romero de Torres, ignoro a cuento de qué, ya que la muchacha dista mucho de evocar la imagen de La chiquita piconera. Ante la alteración que una respuesta negativa provoca en su interlocutor, la joven saca del bolso una libreta y un bolígrafo y se apunta el nombre del artista, según el viejecillo, imprescindible donde los haya. A continuación, el anciano le pregunta a la muchacha cómo se llama. “Margarita”, le responde ella, y él, en vez de recitar los versos de Rubén Darío, entona una canción infame (Margarita se llama mi amor, Margarita Rodríguez Garcés, una chica, chica, chica, pum del calibre 183).
Por desgracia, llego a mi destino.

A unos metros de la taquilla

Un mendigo me pide unas monedas con tanta gracia que, pese a la prisa que llevo, invierto el tiempo necesario en abrir el bolso, y luego la cartera, y luego una sonrisa.

    -Que Dios te bendiga, que no creo que tenga inconveniente alguno –me dice.

A los cinco minutos, desde la cola, lo escucho:

    -Bueno, señores, me marcho, que hoy ya hay para la cena, y lo demás sería abusar. ¡Abajo la Iglesia! ¡Viva la República!

Dentro de la sala

Entro a ver una película francesa. Un chico que me recuerda al Marlon Brando de Un tranvía llamado deseo, pero con más pelo, se sienta a mi lado. Noto que me observa con fallido disimulo. Al cabo de un breve instante, me mira directamente y me pregunta si tengo un bolígrafo. Nada más decirle que sí, caigo en la cuenta de que en ese bolso llevo el rotulador ilustrado con la niña de la cola de caballo. Va a pensar que soy una infantil. Me equivoco: el muchacho anota algo en el programa sin llegar a reparar en detalles bochornosos. A continuación, me devuelve el objeto del préstamo y me da las gracias. Hasta que la oscuridad se apodera de la sala, me sigue mirando de reojo.

Después de semejante tarde, me resulta impensable la posibilidad de no amar esta ciudad sin condiciones, locamente.

Canas

3 Noviembre, 2006

Me paso a recoger a Carmen a la salida del trabajo. Hemos quedado para comer en un restaurante de la zona. Cada día me cansa más desayunar, comer y cenar sola, así que cuando algún amigo me propone compartir mesa y mantel no me lo pienso.

    -Menuda depresión –escucho antes de que nos sirvan el primer plato-. Ayer me encontré una cana.
    -Pues, chica, en mitad de la treintena ya estabas tardando en encontrarla.
    -No, no hablo de la cabeza –el dedo índice de Carmen apunta, con un disimulo jocoso, hacia su zona pélvica-. Sí, sí, en los bajos fondos. Y no te rías, cabrona.
    -Joder, Carmen, ¿qué quieres, que me eche a llorar? Eso va a pasarnos a todos.
    -Tía, esto es la decrepitud. Te lo juro, nunca antes la había sentido así, tan a la vuelta de la esquina.
    -Pues vete preparando para patas de gallo, amantes calvos y flacideces varias.

Con la llegada de un camarero jovencísimo y guapísimo, la psicóloga sorprendente parece olvidar por un instante su amargo descubrimiento. No puede imaginar cómo lo celebro. No habría conseguido mantener por mucho tiempo más mi farsa de “qué poco importa soplar velas. Caminemos, jubilosas, al encuentro de la dulce menopausia”.